Bueno, eso, estoy totalmente enredada y atrasada, lo sé. Pero tengo mis merecidas excusas: luego de repetidos problemas con la computadora, se me borraron dos capítulos de Abnegados, además de algunos relatos y reseñas, y no los pude recuperar :(
Así que me puse las pilas y trataré de "reponer" todo.
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13 de septiembre de 2013
2 de septiembre de 2013
Capítulo 4 de Abnegados
Tal como prometí, hoy dejó el Capítulo 4 de Abnegados, el cual creo que quedó un poquitín más largo que siempre. Ah, y si lo lees, ¡comenta! ¡Comenta, comenta, comenta! :D
Capítulo 4
Decir que el comienzo
del viaje fue la locura en persona es quedarse bastante corto. Entre los
chillidos de entusiasmo de algunas chicas (algo totalmente exagerado, en mi
opinión) y los traqueteos que hacía el tren (los cuales te empujaban de un lado
a otro. Un chico pelirrojo llegó a caerse de su asiento. Nadie dejó de reír
hasta que el tren dobló hacia la izquierda y otras chicas se vieron empujadas,
cayendo sobre otros asientos), parecía un loquero. Y ni hablar de la cara de
Ian: la falta de humor y alegría más intensa que jamás se haya visto.
Cuando apenas había
pasado una hora, Ian se sumergió en un profundo sueño, con ronquidos y todo
incluido. Y yo me aburrí al instante.
Intentando no darle
una patada, bajé las piernas de su asiento y me paré con un molesto dolor de
cuello. El tren por fin parecía bastante controlado: los gritos se habían
apagado y varios no hacían otras cosas que escuchar música o hablar en un tono
de voz más normal. Otros habían optado por echarse una siesta.
Era extraño pasearse
por ese bamboleante tren. Y no, lo extraño no era el bamboleo, sino el ambiente
que tenía. El alma de abnegado es algo con lo que naces, ¿cierto? Bueno, en
cierto modo, todos los abnegados nacieron de una alma madre, por así decir. No
es que seamos todos hermanitos, porque si no entonces estaría un poco asqueada
al pensar en la cantidad de parejas abnegadas que conocía, pero el hecho era
que había varias conexiones entre nosotros. Una de ellas era la marca de
nacimiento abnegada, un patético círculo detrás de la oreja. ¿Acaso no podía
ser una increíble figura complicada, un pajarito o, no sé, algo más
interesante? No, tenía que ser un círculo.
En fin, otra de las
conexiones entre nosotros se puede detectar simplemente al ver los ojos de
cualquiera en ese tren. Si agudizas la mirada, llegarás a ver la segunda
“marca”, otro genial círculo. Este es plateado y brilla de vez en cuando (hay
una teoría sobre eso, pero nunca la supe). Y, al tener esas dos marcas, se
podía ver en el aire unos hilitos casi invisibles que nos unían a todos. Más
bien se sentían: aunque no los tocases, eran palpables en el aire.
En el tren había
tantos que me costaba mucho distinguir de dónde provenía cada uno. Sin embargo,
no había tantos como abnegados de dieciséis años que deberían estar
dirigiéndose al Instituto para su primer año de formación. Si eras de una
familia sumamente importante y tenías bastantes recursos, el Instituto te
concedía un año de “pre-preparación”. Absurdo, ¿no? Por lo tanto, iba a estar
otro nivel más abajo que otros, iba a saber menos que los otros y seguramente
me las arreglaría para hacer el ridículo de mil maneras posibles. ¡Genial!
Entre tantos
pensamientos, choqué a un chico pelirrojo, con millones de pecas en la cara y
unos ojos azules pequeños.
-¡Ey, mira por dónde
caminas!-masculló. Parecía que se había contagiado del mal humor de Ian.
-Lo siento. Tú también
podrías mirar, ¿sabes?
Me lanzó una mirada
furiosa. Y con eso terminó nuestro gran encuentro. Aunque logró dejarme una fea
mueca en la cara. Maldito pelirrojo con pecas.
Cuando volví a mi
asiento, Ian seguía dormido, seguramente soñando con quién sabe qué. Estaba
demasiado aburrida, así que llegué a la inteligente conclusión de despertarlo,
sabiendo que sufría el riesgo de encontrarme con un oso gruñón.
Bueno, se podría decir
que soy adivina.
-¡Suelta, Megary!-dijo
entre dientes.- ¿Qué hora es? ¿Ya llegamos?
-No lo sé y no.
Recibí una mirada
llena de odio.
-¿Y se puede saber por
qué rayos me despertaste?
-Emm… ¿necesito
socializar con alguien que no sea un malhumorado pelirrojo?
Ian mostró toda la
confusión del mundo.
-¿Qué?
-Olvídalo.
Ian se revolvió en el
incómodo asiento. Llevaba el cabello todo alborotado y los ojos cansados.
Varias veces lo había visto así; no dormía muy bien por las noches. Y tenía
ciertos motivos: pesadillas de la muerte de su hermanita menor y mi prima,
Apple, lo acosaban cuando dejaba cerrar los párpados. Ella tenía cuatro años,
él y yo, nueve. Fue un día espantoso para nuestra familia. Apple había logrado
escaparse de la casa, nadie sabe cómo, por la ventana.
La buscamos por todos
lados, horas y horas. Entrada la noche, Ian y André volvieron con gruesas
lágrimas en los ojos. Ian no podía controlarse, creo que ver esa imagen suya me
partió el corazón en mil pedazos.
Apple había sido
asesinada a cuchillazos.
Saqué la espantosa
imagen de mi cabeza tan rápido como pude. Al pestañear y encontrarme con el
pelirrojo mirándome como si estuviese esperando algo, comprendí que me había
perdido de algo.
-¿Tienes?-inquirió
alzando una ceja. ¿Si tenía qué?
-¿Eh?-solté.
-Unas
canicas.-respondió, como si fuese algo obvio.
Okay, estaba
totalmente perdida.
-¿Para qué quieres
canicas? Estamos en un tren en movimiento…-repliqué. Además que sería un poco
raro llevar canicas para un viaje de tres horas.- No creo que consigas unas.
Ian se rió a espaldas
del pelirrojo.
-Una chica tiene
problemas con la cabeza por las conexiones y no sé qué. Necesitan canicas o
algo de vidrio o cristal esférico para opacar los efectos.-me explicó. Canicas
para opacar dolores de cabezas… Nunca lo había escuchado.- Por cierto, él es ¿Jordan?
-Ethan.-lo corrigió el
pelirrojo.- ¿Tienes o no una canica?
Bueno, podrías
pedírmelo mejor, ¿no, Ethan? Malhumorado y además maleducado. Ese tren parecía
ser un infierno, tanto por la compañía como por el calor.
-No tengo nada. Puedo
acompañarte y ver si puedo hacer algo para ayudar…
-No.-masculló con
ferocidad.- Solo serás otro estorbo que añadir a la larga lista de chicas
estorbando en el asiento de… esto, ¿cómo era su nombre? Algo con Pat.
Tan delicado.
-Ey, no es necesario
hablarle así.-salió a la defensa Ian.- Cuida un poco tu lengüita, creo que está
un poco fuera de control.
-¿Con que fuera de
control, dices?
Me deslicé fuera del
asiento cuando Ethan se dio vuelta para enfrentarse a Ian. Si llegaba a haber
una pelea, dudaba mucho que ese pelirrojo pudiera con mi primo, quien había
asistido a clases de taekwondo durante ocho años.
Fui rebotando de pared
a pared del tren durante el largo recorrido hacia el asiento de la tal Pat.
Ethan tenía razón: un millón de chicas se precipitaban sobre una que parecía
mucho más pequeña. Su cabello rubio estaba bastante corto, por encima de los
hombros, y llevaba un flequillo bien peinado. Los párpados le temblaban y se
sujetaba la frente sudorosa con una mano pálida.
¿Es que esas muchachas
no se daban cuenta? ¡Eran ellas las que causaban el dolor de cabeza! Por favor,
solo pido un poco de cerebro.
-A ver, abran paso.
Empujé a varias
chicas, pero estas estaban firmes como postes clavados sobre el piso.
-¡Qué se muevan!-dije
un poco más alto. Varias retrocedieron asustadas. Ups.- Abran las ventanas y
déjenle espacio, la pobre no puede respirar porque todas están bloqueándole el
aire. Y… ¿a ninguna se les ocurrió que todas esas conexiones que están pasando
precisamente sobre su cabeza en este momento son de ustedes? Si no me equivoco,
esas conexiones provocan su dolor de cabeza así que…
Silencio de chicas
intimidadas y que acaban de reconocer lo tontas que son.
-¡Muévanse!
El grupo por fin se
abrió y se desparramó a lo largo del pasillo. Pat o como se llamara suspiró
aliviada. Sus mejillas comenzaban a recobrar color y los ojos se mantuvieron
abiertos, mirándome.
-Gracias. Creía que no
llegaría nadie para hacerlas entrar en razón.
-No hay problema.
Todos están un poco alterados, ¿no crees?
Sonrió y se apartó el
cabello de la cara. Tenía facciones delicadísimas, casi parecía una chica
frágil. Y, hablando de fragilidad, una nueva y fuerte sacudida del tren nos
tiró a casi todos al piso. Mascullé una incoherencia; me había golpeado contra
el borde de un asiento en la cabeza.
Sonó una campana
agudísima.
-Bienvenidos al
Instituto de Preparación para Abnegados. Por favor, bajen por las puertas
izquierdas. No se separen del grupo. Les recordamos que está totalmente
prohibido ingresar al edificio con chocolate, armas o artefactos humanos. Quien
sea sorprendido con cualquiera de los elementos antes mencionados, será gravemente sancionado.
»Esperamos que
disfruten de su estadía en el Instituto.
Se escuchó otra vez un
pitido y el tren comenzó a vaciarse en cuestión de segundos. Pat, la rubia de
aspecto delicado, había desaparecido de mi lado. Me apresuré a levantarme del
suelo del tren (todo lleno de polvo) y me sacudí los pantalones negros. Como ya
no quedaba nadie, no tuve apuro en deslizarme por una de las puertas del tren.
Y me quedé con la boca
abierta, bien coma una tonta, mirando el imponente edificio que se alzaba
frente a mí. Antiguo, enorme y… guau. Era de piedra gris, con una enredadera
trepando hasta atrapar algunas de las ventanas del primer piso. Estas tenían
verjas de color negro, con diseños complicados. A cada lado del edificio, se
alzaban dos altas torres, con tejados donde varias aves se posaban con elegancia.
El tren estaba a unos
veinte metros del Instituto; el grupo en
el que yo debería estar se encontraba cruzando sus puertas, cada uno con sus
respectivos bolsos. Genial, no había pisado el lugar y ya había roto una de las
reglas: no separarse del grupo.
-¿Te ayudo, Sia?-dijo
una voz gruesa a mi espalda. Di un saltito, sorprendida, y luego me giré para
encontrarme con un muchacho confundido. Sus rizos rubios le caían elegantemente
sobre sus ojos azules, de pestañas largas.- Ah, perdona. Creí que eras…
Alcé las cejas.
-¿Sia?
-Olvídalo. Soy un
estúpido que debería estar en otro lugar haciendo otra cosa.-dijo con un
resoplido.- Aunque puedo ayudarte, si quieres. ¿Tú no eres de las nuevas? El
grupo ya se fue.
-Ya lo sé, no hace
falta que me lo recuerdes.-respondí malhumorada.
El chico hizo una
mueca y al instante intenté controlarme un poco más.
-Lo siento, ha sido una
tortura el viaje. Gracias, igualmente.-respondí con lo que se suponía que debía
ser una sonrisa amistosa.
Nos quedamos los dos
allí, sin saber qué hacer. Bueno… en realidad era yo la que no sabía qué hacer.
¿Dónde estaba el vagón del equipaje? ¿Tenía que ir a buscar mi baúl o ya se lo
habían llevado?
El chico señaló hacia
atrás con la cabeza.
-Hay algunos
profesores que están terminando de llevar los bolsos de alumnos despistados. No
sé quién podía olvidar sus cosas, más en su primer año…
Que gracioso.
-…pero siempre hay
alguien.-finalizó con una sonrisa. Sin decir absolutamente nada, comenzó a
caminar hacia el edificio con las manos en los bolsillos. Tuve que apresurarme
para alcanzarlo.-Soy Trace Webber, ¿tú eres…?
-Megary Chassier.
Sus ojos se iluminaron
con una pizca de reconocimiento.
-¿Hija de Jason
Webber? Mis tíos trabajaban con él.
¿Se suponía que tenía
que sonarme su nombre?
Cuando quise darme
cuenta, ya nos encontrábamos frente a la gigante puerta de madera. No sabía si
tenía que tocar o qué, ya que la puerta estaba firmemente cerrada. Dejé que Trace
introdujera, curiosamente, su dedo en la cerradura.
-¿Qué…?-comencé, pero
Trace me ignoró mientras, luego de haber escuchado un clic, sacaba el dedo y se
limpiaba la sangre que manaba de un diminuto pinchazo.
La puerta comenzó a
abrirse con un crujido. ¿Él…? ¿Había…? Sonrió con suficiencia y me dejó pasar,
pisando lo que parecía una obra de arte. El suelo, de mármol gris, cubría un
larguísimo pasillo, donde había miles de puertas. Mi grupo, el que me había
abandonado en el tren, obstaculizaba mi vista para ver más allá, pero todo era
impresionante. Las paredes estaban cubiertas de fotografías, algo inusual
(estaban prohibidas en nuestro lado del mundo), todas de estudiantes de años
anteriores. También había pinturas increíbles decorando el entorno.
Parecía un castillo,
sí. Daba miedo y a la vez era de un cuento de hadas.
Mientras había estado
observando todo, Trace había desaparecido de mi lado. Todos con quienes me
había cruzado hoy, habían desaparecido como arte de magia. Fríos y arrogantes,
como los había descripto mi prima, y además misteriosos.
Busqué a Ian con la
mirada. No fue difícil, se encontraba contemplando con el ceño fruncido una de
las pinturas. Me acerqué por detrás de él sin hacer ruido.
Dio un saltito cuando
hablé junto a su oído.
-Gracias por esperarme.
Se recompuso con
rapidez y me miró divertido.
-De nada, primita.
-¿Sabes lo que
significa la ironía, verdad?
Lanzó una suave risa y
me tomó del brazo para sumergirnos en el mar de gente. Estaba a punto de
quejarme de todos los pisotones que estaba recibiendo (tanto en los pies como
en otros lugares bastante inusuales para ser pisotones), cuando me di cuenta,
razoné y casi grité. ¡Estaba en el Instituto! Daría la prueba de admisión, aprendería a luchar y sería
¿alguien distinto?
Aunque, ¿yo que iba a
saber? Este camino recién comenzaba.
Gracias al que se haya tomado el tiempo de leer♥
26 de agosto de 2013
¡Apadrina un blog!
Es una propuesta del blog Leyendo entre Letras, en la cual blog con más de 100 seguidores "apadrinan" a blogs con menos de 100 seguidores. Así que básicamente para ello me uno :D
Clic para acceder
Y, pasando a otro asunto, los exámenes parecen estar cayéndome del cielo, así que dudo poder subir muchos capítulos entre esta y la próxima semana :(
14 de agosto de 2013
Capítulo 3
Hola gente de por ahíííííí. Hoy estoy muuuuuy triste (se murió uno de mis gatos :( ), pero, como prometí, aquí está el capítulo 3 de Abnegados.
¡Espero que te haya gustado, personitaqueestáleyendoesto!
Capítulo 3.
La llegada a la
estación fue estrepitosa. Estaba llena de gente, en su mayoría jóvenes
abnegados como nosotros, pero también había varios trabajadores que se dirigían
al centro de Hillary. La Estación Oeste de Hillary era un gigantesco edificio
de ladrillos rojos, con un destartalado cartel de luces que indicaba la partida
y llegada de los trenes. Había unos pocos árboles sin hojas a ambos lados de la
puerta principal, la cual no dejaba de abrirse y cerrarse.
El tren partía dentro de unos veinte minutos,
así que teníamos tiempo de sobra para hacer todo el papeleo y llevar los bolsos
al vagón de equipaje. André aparcó en el estacionamiento y comenzó a sacar todo
del coche.
-Ian, ayuda a tu prima
con el baúl. Yo llevo tus bolsos.
¡Lo que costó sacar
ese enorme baúl del coche! Jadeando, logré que aterrizara en brazos de Ian,
quien se inclinó un poco bajo su peso. Fuimos cargándolo, cada uno tomándolo de
una manija, hasta la puerta principal. André nos seguía pisándonos los talones;
no se separó de nosotros en ningún momento.
Dentro, era todo un
enorme bullicio de gente. Había tanto
ruido que era imposible hablar con alguien que tenías al lado, y hacía tanto
calor que pronto ambos nos quitamos nuestros abrigos. Ian llevaba una camiseta
ajustada al cuerpo de color azul y pantalones negros. Era un chico atractivo
para mí, al estilo clásico. Era bastante flacucho y alto, de cabello castaño
perfectamente peinado y ojos color azul. Casi siempre iba con el ceño fruncido,
no de muy buen humor, y pateando cosas mientras caminaba. Lo único que lograba
apaciguarlo era la pintura, básicamente vivía de ello.
Apenas dimos unos
pasos dentro del enorme edificio, una joven rubia de enormes ojos celestes, se
nos acercó. En su blusa blanca llevaba una plaquita donde decía Sofía. Ian le lanzó una miraba de
aprobación antes de que esta comenzara a hablar.
-Buenos días,
bienvenidos a la Estación Oeste de Hillary. ¿Les molestaría decirme que tren
tomarán? Ya mismo recogeremos sus datos.
-Nuestro tren es el de
las cinco de la tarde, con destino al Instituto de Preparación.-dijo Ian con
una sonrisa provocadora.
Lo fulminé con la mirada. ¡La acababa de
conocer!
-¿Dónde dice que
podemos completar los papeles?-dije en tono cortante y con una sonrisa fingida.
Sofía nos regaló una
enorme sonrisa y comenzó a abrirse paso entre la gente, indicándonos que la
siguiéramos. Ian no ayudó a cargar mi baúl, se dedicó a observar el trasero de
Sofía, con una gran sonrisa de satisfacción en la cara. Su padre no parecía
darse cuenta de nada, o simplemente lo dejaba pasar.
Lo golpeé con el
hombro al pasar, pero siguió con su cara de embobado.
La rubia nos condujo
al vagón de equipaje, donde tomaron nuestros datos con rapidez y pegaron varias
etiquetas en nuestros bolsos. Sofía nos volvió a llevar a corridas hacia una
pequeña oficinita, lugar donde nos pidieron nuestras huellas digitales y nos
sacaron una fotografía a cada uno –la mía tan asquerosa como puedas imaginarte
–y armaron en tan solo unos minutos nuestras tarjetas de identificación.
Mi tío no dejó de
seguirnos ni por un segundo, mirando nerviosamente a su alrededor. Había
demasiada gente, gente que empujaba, gritaba y corría de un lado para el otro.
Familias despidiéndose, algunas entre lágrimas de orgullo, otras nerviosas. La
tensión ansiosa que recorría la estación me contagió, por lo que no dejé de
apretarme las manos, apretar las de Ian, y ponerme de puntillas para ver cuando
partía el viejo tren.
Para que mentir:
estaba nerviosa, asustada y entusiasmada. Quería que todo ocurriera ya mismo,
que terminara el año y que pudiese volver a mi hogar. ¿O acaso quería llegar al
Instituto y aprender a utilizar mi alma de abnegada?
Uf. Sí, era esa
expresión la indicada: uf, uf, uf.
-Por dios, Megs,
quédate quieta.-masculló Ian.
-No.
Giró la cabeza de
golpe y se encontró conmigo de brazos
cruzados. Alcé las cejas.
-Necesito descargarme.
Si no voy a explotar.
-¿Qué es lo que te
pone tan nerviosa? No nos van a cortar la cabeza ni nada…
Abrí los ojos con
espanto e Ian se encogió de hombros. André me rodeó con un brazo y miró a Ian
con severidad.
-Ian, por favor.
Intenta no alterarla más de lo que ya está, ¿quieres?
Suspiré e intenté
relajarme. Esto se me estaba yendo de las manos. No nos iban a cortar la cabeza ni nada, intenté convencerme.
Respiré profundamente, aflojando mis manos tensas.
Se escuchó el silbato del tren, teníamos que
subirnos ya mismo. Lancé un gemido apenas audible.
El ruido y las
corridas se multiplicaron por mil. André nos condujo –a mí, mejor dicho me
arrastró –hacia nuestros vagones. Ian me miró con el ceño fruncido, parecía
estar pensando que de verdad yo había perdido los únicos tornillos que me
quedaban y que apenas tuviese la oportunidad, iba a escapar.
La despedida fue tan
breve que necesité recibir varios empujones de parte de Ian para reaccionar y
despegarme del suelo. Me sentía como una niña en su primerísimo día de clases,
una cobarde que no quiere dejar a su mamá. No se atreve a ver lo nuevo ni
experimentar lo difícil. Algo la aferra a su hogar, su tierra de recuerdos;
algo tira de ella hacia lo desconocido. ¿Era yo esa niña, o en realidad podía
llegar a ser igual de valiente que mamá? Ella, que lo había dejado todo para
cumplir con su papel de abnegada a la perfección. Había dejado que acabasen con
ella sin miedo a saber que habría después. ¿Y yo ni siquiera podía subirme a un
estúpido tren?
Suspiré y moví las
piernas hacia adelante. Unos hombres me ayudaron a superar la enorme distancia
entre el vagón y el suelo. Ya no había vuelta atrás.
Dentro, todo era una
enorme estufa. Se escuchaban risas y grititos de entusiasmo; claro, ¿cómo no?
Era un tren lleno de adolescentes con las hormonas a tope. Adolescentes que
pronto comenzamos a sudar como locos y a abrir las ventanas en un ataque de
desesperación.
Las paredes de los
vagones eran de un verde oscuro, sucias y descuidadas, y ninguna de ellas
estaba vacía. Ya fueran fotografías viejísimas o luces –algunas funcionando,
otras titilando –, las paredes que nos rodeaban parecían de otra época. Era un
tren precioso. Aunque podría tener un mejor aroma…
Los pasillos angostos
eran intransitables, recibí montones de empujones hasta poder llegar a un par
de asientos libres. Ian se me perdió en el camino, así que tuve que sumergirme
en ese océano de gente hasta encontrarlo y arrástralo a los asientos. Estos
eran de cuero marrón, totalmente desgastado y con algunos garabatos.
Acabamos sentados,
totalmente exhaustos.
-¡Esto es el infierno!-me
quejé, apartándome el cabello de la cara.- Podrían limpiar un poco este lugar.
-Deja de quejarte ya,
Megs. ¿Es que no has visto ya la cantidad de chicas guapas que hay ahora mismo
en este tren? ¡Es fantástico!
Guau. Ese era mi
primo.
-¿Piensas esperar a
pisar el Instituto para comenzar a besarte con todas las chicas?-le sonreí. Ian
necesitaba a una mujer para vivir, como si del agua se tratase.
-De hecho…
Agachó la mirada, sin
dejar de sonreír.
-¡Ian!-mascullé. Abrí
los ojos y alcé las cejas con horror.- Dime que no es cierto, porque si no…
-¿Qué crees, primita?
No, todavía no he capturado ninguna presa, quédate tranquila.
Rió con fuerza. Era
increíble.
-No sé si tu hermana
ya te lo ha dicho, pero las reglas en el Instituto son severas y no cumplirlas
te dejará mal parado. Si no me equivoco, andar besándose por los pasillos no es
algo muy recomendable, en especial con la directora paseando por ahí.-aseguré.
Y no mentía. Luego me acerqué a él, poniendo mi mejor cara dramática.-Por
favor, Ian, no dejes que te echen el primer día. Piensa en tu adorable prima.
¿De verdad me dejarás sola?
Me siguió el juego al
instante y su expresión se transformó completamente. Intenté no reírme, aunque
fue en vano.
-¡No lo haré, Megary!
¡Prometo no abandonarte nunca!-gritó con voz grave y graciosa. Unas chicas que
pasaban por al lado nuestro nos miraron con cara extraña. Ian se acomodó con
rapidez.- Hola, chicas. ¿Disfrutando del viaje?-dijo utilizando su tono
seductor.
Reí a más no poder al
ver como las chicas salían ahuyentadas.
Cuando conseguimos
calmarnos del ataque de risa, conseguí acomodarme con mis piernas sobre las
suyas. Él ni se inmutó, aunque eso no era de esperar. Esa posición solía
acompañarnos la mayoría de las tardes que compartíamos; ya era una vieja
costumbre.
Ian abrió la boca para decir algo, pero un
pitido que sonó a lo largo de todo el tren y que nos dejó una mueca en la cara
a todos lo interrumpió. Varios sacaron los brazos por las ventanillas para
saludar a sus familias por última vez mientras el tren partía. Un escalofrío me
recorrió el cuerpo entero, pero esta vez era de emoción.
Era el comienzo de lo
que sería un largo año.
¡Espero que te haya gustado, personitaqueestáleyendoesto!
13 de agosto de 2013
Reseña de "Hush, hush", Becca Fitzpatrick
Hush, hush
Becca Fitzpatrick
Nora Grey, una alumna aplicada en busca de una beca para la universidad, vive con su madre viuda en una granja a las afueras de Portland, Maine. Cuando Patch se convierte en su nuevo compañero de instituto, Nora siente a la vez atracción y repulsión hacia este extraño personaje que parece tener acceso a sus pensamientos. Luego se entera de que Patch es un ángel caído que quiere convertirse en humano. Nora está bajo su control, pero hay también otras fuerzas en juego y de repente se encuentra viviendo hechos inexplicables y en medio de una situación muy peligrosa.
Editorial: Ediciones b
Autora: Becca Fitzpatrick
I.S.B.N: 9788466644174
Opinión personal
Este libro me encantó y nunca deja de aburrirme a pesar de que lo leo una y otra vez. ¿Por su forma sencilla de narrar? ¿O por sus personajes misteriosos y cautivantes? Hush, hush te dejará con ganas de más y no tardarás más de unas pocas horas en terminarlo.
Este fue el primer libro de ángeles que leí, así que me pareció de lo más original, en especial ya que me estaba hartando un poco de la temática de vampiros-licántropos.
Voy a admitirlo: a diferencia de mucha gente -por lo que he leído-, Nora Grey, la narradora, no me pareció en absoluto molesta o aburrida. Sí, puede ser que de vez en cuando se fuera de tema, pero me gustó bastante como personaje.
Patch Cipriano. En definitiva es mi personaje masculino favorito. Chico malo+seducción oscura= Patch. Por otro lado, Vee Sky, mejor amiga de Nora, no me gustó para nada. Me hubiese gustado que a Marcie Millar, la chica mala de la historia, la autora le diera un poco más de protagonismo en el primer libro, y tal vez me esperaba un poco más de... esencia de chica mala...
Misterio, romance y puros nervios hasta llegar a la última página van a acompañarte a lo largo de esta novela.
Puntuación: ¡Fantástico! Léelo ya mismo ♥ ♥ ♥ ♥ ♥ (sí, ya se que faltaron algunas cosas, pero no vas a arrepentirte de leerlo).
Y... traigo una reseña super especial para dentro de poco (me faltan unos cuantos capítulos para terminar), que es nada más y nada menos de Interlocking Stars, de Melissa Loria Rojas (puedes acceder a su blog haciendo clic AQUÍ, y leer su novela haciendo clic AQUÍ)
El capítulo 3 de Abnegados prometo tenerlo publicado para esta semana (ando con millones de exámenes D:)
Misterio, romance y puros nervios hasta llegar a la última página van a acompañarte a lo largo de esta novela.
Puntuación: ¡Fantástico! Léelo ya mismo ♥ ♥ ♥ ♥ ♥ (sí, ya se que faltaron algunas cosas, pero no vas a arrepentirte de leerlo).
Y... traigo una reseña super especial para dentro de poco (me faltan unos cuantos capítulos para terminar), que es nada más y nada menos de Interlocking Stars, de Melissa Loria Rojas (puedes acceder a su blog haciendo clic AQUÍ, y leer su novela haciendo clic AQUÍ)
El capítulo 3 de Abnegados prometo tenerlo publicado para esta semana (ando con millones de exámenes D:)
2 de agosto de 2013
¡Cambio!
Tuve una idea super rara y no tengo ni idea, pero he vuelto a escribir los primeros capítulos de Abnegados (sigue con la misma trama e historia). Lo único que cambia es el narrador, que pasa a protagonista (o sea, primera persona). También le agregue algunas cosillas, peor nada importante ;)
El Cap.1 reescrito y actualizado puedes encontrarlo haciendo clic AQUÍ, en su post original :D
El Cap. 2 actualizado, léelo AQUÍ :)
El Cap.1 reescrito y actualizado puedes encontrarlo haciendo clic AQUÍ, en su post original :D
El Cap. 2 actualizado, léelo AQUÍ :)
30 de julio de 2013
¡Capítulo 2! Abnegados
Holaaa gente que esté por ahí :D
Dejo el Capítulo 2 de Abnegados por aquí para que lean♥
Capítulo 2
Las cenas en mi
pequeña y humilde casa no eran más que silenciosas. Éramos tres en la mesa: papá,
Savannah y yo. ¿Dije tres? Quise decir cuatro: también mi gato pelirrojo,
Ronquidos, tomaba asiento en una de las sillas.
Era momento de anunciarle la gran noticia a papá.
Él de seguro ya sabía que la carta llegaría algún día, pero no tan pronto.
Ahora tendría que pasar por el terrible momento de ver como sus ojos se
oscurecían, recordando con melancolía a mamá.
Carraspeé, incómoda.
-Papá…-comencé,
dudosa-. Ha llegado una carta ayer por la tarde.
Levantó la cabeza con
una sonrisa.
-¿Acaso no será de tus
primos? La tía Lena me comentó que hoy te habían enviado un paquete con algo
especial. No creí que llegaría tan rápido.
-No, seguramente se
retrasará por la lluvia.
Silencio.
Savannah nos miraba, a
padre e hija, como si estuviésemos jugando un partido de tenis.
Él se me quedó
mirando, mientras yo jugaba con la cuchara y miraba a cualquier lugar menos a
sus ojos.
-Entonces…-dijo,
haciendo una seña con su mano para que continuara hablando.
-Es del Instituto de
Preparación.-solté con apenas un hilo de voz.
Savannah emitió un
gemido apenas audible. Me atreví a alzar la cabeza lentamente para ver su
reacción. Curiosamente, no había ni un rastro de emoción en su cara. Nada. Savannah
me miró con curiosidad de reojo. Ninguna de las dos entendía.
-Magnífico, mi niña.
Serás una gran abnegada, tal como tu madre.
Se me hizo un nudo en
la garganta; tragué, confundida.
-P-pero…-tartamudeó-.
Papá… ¿no te molesta? ¿No estás asustado?
Savannah tomó su plato
y retiró los demás, dirigiéndose a la cocina.
Papá suspiró con
pesadez y dejó caer la cabeza hacia adelante. Su cabello color miel tapaba sus
ojos; pronto tendría que cortárselo. Acababa de afeitarse, dejando ver una piel
color tostada. Y sus ojos… Ah, sus ojos. Estaba profundamente enamorada de
ellos desde que los había visto. Eran azules, pero no como el cielo, ni como el
mar en plena tormenta, eran… indescriptibles. Tenían motas de diferentes tonos
de verdes y violetas, con un resplandor especial. Esos ojos parecían tener
personalidad propia, me dije con una sonrisa interior.
Ahora me miraban con
orgullo.
-¿Asustado? Para nada.
Confío en ti, cariño. Sé que puedes hacerlo mejor que cualquier otro abnegado
en el mundo. ¿Sabes? Desde niña tenías ese instinto protector.- Ahora sonreía y
acariciaba una de las manos de la joven-. Cuidabas de los animales, de tus
primos menores, de nosotros. Apuesto cualquier cosa a que Rose estaría tan,
pero tan orgullosa de ti que podría volar.
Sonreí y reí
ligeramente. Tal vez de verdad estuviese volando sobre nuestras cabezas en ese
preciso instante. La extrañaba tanto…
-Megs, recuerda que en
el mundo no hay persona más fuerte…
-…que uno
mismo.-completé rodando los ojos. Él no había dejado de decírmelo desde que
mamá nos había dejado.
Se levantó de la mesa
y se acercó a mí con una sonrisa en la cara. Me abrazó con dulzura y en menos
de un instante, bailábamos como si fuéramos niños. Papá cantaba. Cantaba como
un ángel de alas que podrían ocupar todo un cielo. Suave como el algodón y
majestuoso como un león.
Por desgracia, yo no
había heredado ni una pizca de su hermosa voz. La mía era más bien… espantosa.
Cuando era niña no me importaba y cantaba con él. Por un momento nos vi, a los
tres, desparramados en el jardín, jugando, cantando, comiendo, juntando flores,
hablando de los secretos de la vida.
-Anda, ve a la cama.
-susurró, rompiendo el momento mágico de padre e hija-. Estoy tan cansado que
podría dormirme sobre una cama de clavos.
-Buenas noches, papá.
Tomé con torpeza al
gato en brazos y me lo llevé a mi habitación. Subí las escaleras sonriendo, con
un gusto fuerte a dulzura y confianza. No me duché, tampoco me molesté en
cambiarme, solamente me metí en la cama, esperando que la agradable sensación que
me inundaba el cuerpo permaneciera allí y ahuyentara las pesadillas.
Ronquidos se acurrucó
pegado a mis piernas y no dejó de ronronear en toda la noche. Detestaba el
nombre que yo misma le había puesto al gato varios años atrás, siendo una niña
inocente. Era tan estúpido e infantil.
Shakespeare. Ese era un nombre excelente, pensé con angustia. ¿Cómo no se me había
ocurrido antes?
Por la mañana
Tuve unos extraños
sueños donde Ronquidos era Hamlet y repetía una y otra vez sus diálogos. Y
llevaba ropa puesta. Fruncí el ceño a medida que más y más escenas del sueño
reciente aparecían en mi cabeza.
Al despertar, me
encontré con un paquete en la mesilla de luz. Lo tomé con un ojo cerrado y el
otro entreabierto, todavía dormida. Me lo habían enviado mis primos: Alissa, Ian
y Katia, todos hermanos de June.
Lo primero que salió
del sobre fue la invitación. Un lindo sobre artesanal se deslizó hasta caer con
suavidad en la cama. Lo abrí con delicadeza y lo leí con una sonrisa en la
cara. Anunciaba el casamiento de Lena Chassier y André Jolie-mis tíos de parte
paterna-, el sábado, en la playa.
Con bronca, dejé a un
lado la invitación. No iba a estar en casa en esa fecha: ya estaría en el
Instituto y, aunque fuesen mis tíos, no creía que me permitiesen salir en la
primera semana. Suspirando, saqué las otras dos cartas del paquete.
La primera era de
Alissa y Katia, las dos gemelas de trece años. Estaban felices y ansiosas por
la carta que había recibido, y querían que le contara todo en cuanto llegara.
La metió en el baúl, para recordarse escribirles.
La segunda era de Ian,
algo así como mi mejor amigo desde que tenía memoria. Sí, era mi primo, pero
había una conexión entre los dos imposible de evitar. Él también había recibido
su carta de la Instituto (ya que teníamos la misma edad) y no dejaba de
despotricar contra su madre, quien quería prepararle una fiesta de despedida.
No estaba de humor para nada y lo único quería hacer era pasar el día pintando
y, para colmo, se le habían acabado los pinceles.
Me reí con ganas. Ian
tenía un carácter horrible y yo no podía aguantar la risa cuando lo veía
tirando todo por su habitación con bronca por simples estupideces. Iba pensando
en esa vez que Ian rompió un vaso solo porque estaba lloviendo, cuando tropecé
con algo que estaba tirado en el piso. Era frío y duro, necesité levantarlo
para ver que era.
Un medallón de bronce
con forma de triángulo, casi tan pequeño como una gota de agua, colgado de una
cadenita casi invisible. Nunca lo había visto, sin embargo sentí familiar las
luces que emitía cuando lo movía entre los dedos. Casi se me cae cuando se abrió
la puerta de un golpe. Pegué un saltito y cerré la mano sobre la cadena, sin
saber muy bien por qué.
Savannah llevaba la
bandeja con el desayuno y una gran sonrisa.
-Buenos días, mi
niña.-saludó, apartando las cartas de la cama y depositando allí la bandeja-. Hoy
será un día sumamente largo, así que lo mejor será que apenas termines de
desayunar, controles que todo lo que tienes que llevar esté guardado. A eso de
las tres de la tarde, pasarán tus tíos con Ian a buscarte para llevarte a
Hillary. Así que antes de almorzar tienes que estar duchada y cambiada, ¿de
acuerdo?
Hablaba sin parar, de
manera rápida y entrecortada. Se apartó los mechones canosos que interrumpían
su vista y, sin perder ni un segundo, abrió las cortinas. Luego, sin decir
nada, se marchó casi corriendo.
Seguí a pie de la
letra lo que Savannah me había dicho. Desayuné con tranquilidad el café con
leche y toda la comida que estaba en la bandeja. Apenas terminé, recordé que
todavía apretaba con fuerza la cadenita del triángulo.
El ser tan simple la hace especial, pensé, ya que no entendía la enorme
fascinación que me producía ese diminuto triangulito. ¿Qué cosa eres? ¿De dónde saliste?
Dejé la cadenita en la mesilla de luz y me
dirigí al armario de la ropa para tomar una remera sin mangas negra y unos
pantalones.
Me duché mientras
tarareaba una canción cuyo nombre no recordaba. Y me caí. Mascullé un par de
maldiciones. Joder, ¿por qué tenía que ser tan torpe? Me levanté, resbalando
cada vez más. Me resigné a ponerme de pie, y quedé ahí despatarrada, sintiendo
como el agua caía sobre mí.
Era patética. Simplemente
ese término me resumía.
Luego de almorzar, fue
el momento de que me despidiera de Savannah, a quien no vería por lo menos
dentro de un año. Ella derramó gran cantidad de lágrimas porque “su niña estaba
tan grande y ella estaba tan orgullosa de que ya se convirtiera en una mujer
valiente y fuerte”.
Mientras me abrazaba
con fuerza, me susurró en el oído:
-Estoy segura que
serás mucho mejor que cualquiera allí. Todas las chicas te envidiarán por ser
la mejor y ningún chico se resistirá a ti.
Me mordí la lengua; no
quería decepcionarla.
Me dirigí a la puerta,
e intenté abrirla, forcejeando con la manija. A pesar de que no dejaba de
tironear, la maldita puerta no quería abrirse. Después de unos tirones, salí
disparada hacia atrás. Ian me miraba y miraba a la puerta, confundido. Cuando
al fin comprendió que el idiota había logrado lanzarme al piso, largó una
sonora carcajada.
-También me alegro de
verte, Ian.-resoplé, levantándome del suelo.
-Siempre es un honor
verte tirada por ahí.-sonrió y me ofreció una mano, la cual rechacé. Le di la
espalda y tomé mi baúl.- Buenos días, Savannah. Traje una tarta que envía mi
madre, ¿dónde puedo dejarla?
Ian y Savannah
desaparecieron en la cocina, momento que aproveché para correr hacia mi
habitación y buscar en los papeles de la mesa de luz la cadenita. No estaba.
Respiré entrecortadamente. De verdad quería llevarla. ¿Dónde se había metido?
Revolví la habitación,
hasta que con suspiro recordé haberla guardado en uno de los bolsillos de mi pantalón.
En efecto, allí estaba. Bajé las escaleras, aliviada. No quedaba nadie dentro
de la casa, así que salí al exterior, donde el cielo encapotado cubría la
ciudad.
Mi tío, André, estaba
al volante del viejo coche de color negro. Papá metía mi baúl en uno de los
asientos traseros, mientras que Ian observaba el cielo con mirada pensativa.
-¿Ya salimos? Porque
el cielo está a punto de estallar.-dijo Ian abriendo una de las puertas del
coche.-Ven, Megs, viajas en el asiento de atrás.
-¡Ya voy!
Papá se acercó y me
abrazó por unos pocos segundos. Ya nos habíamos despedido antes y no tenía
ganas de hacer una escena, así que me aparté con rapidez y me metí en el coche.
Desde la ventana, observé como las primeras gotas comenzaban a caer y a mojar a
Savannah y a mi padre. Ambos me saludaban desde la puerta de casa.
Agité la mano mientras
el coche se ponía en marcha y me hice una promesa a mí misma: haría que ellos
estuvieran orgullosos de mí.
26 de julio de 2013
¡Capítulo 1! Abnegados
Sí, lo que acabas de leer: ¡el primer capítulo de Abnegados!
Si estás leyendo esto, ¡COMENTA! (te estoy vigilando...)
Si estás leyendo esto, ¡COMENTA! (te estoy vigilando...)
Capítulo 1
La dura y fría carta
había estado en mis manos desde que había llegado, un día atrás. El sobre, de
un amarillo pálido, no dejaba de observarme con odio y suficiencia, como si
supiera que no lo quería abrir y volver a leer lo que decía. Me negaba a ver
ese asqueroso futuro oscuro que me esperaba.
Mamá ya había pasado
por esto, y había tenido que pagar un terrible precio por ello. Si estuviese
aquí, conmigo, intentaría evitarlo a toda costa.
Sin embargo, estaba en
mi sangre. No podía escapar ni elegir. Simplemente era así, un hecho imposible
de ocultar. Siempre pensé que estaría preparada para afrontar todo lo que se
avecinaba sobre mí, pero ahora, con esta horrible carta en mi poder, no estaba
del todo segura.
Mi prima mayor, June,
había ingresado a la Instituto de Preparación hacía un año, luego de haber pasado con mérito
la prueba. De hecho, toda mi familia lo había hecho, y aquí estaba yo, para
arruinarlo todo. En fin, el caso es que yo solía recibir cartas suyas
diariamente durante su primera semana allí, pero pronto las cartas comenzaron a
faltar, hasta abandonarme completamente. Aún guardaba las siete cartas de la
primera semana de June, todas cuidadosamente metidas en una lata, debajo de mi
cama.
La primera, metida en
un precioso sobre hecho por la misma June, me daba tan mala espina que solía
evitarla:
“Querida Megary:
El instituto es hermoso por dentro.
Tiene diseños antiguos, enormes cuadros y esculturas, ¡parece un castillo!;
estoy segura de que te encantaría estar aquí. Hoy hemos llegado en el tren y
nos han dado una charla de bienvenida. ¿Sabes que está prohibido comer
chocolate aquí? Al parecer trae problemas para leer la mente y todo eso. Creo
que será una tortura para mí.
Nunca había visto una directora
tan espantosa como esta. Es decir, ¡es horrible! No ha dejado de gritarle a
todo el mundo desde que llegamos. Aunque los profesores parecen buenos en su
mayoría… ¡A que no sabes! Aprenderé a meterme dentro de la mente de la gente.
Siempre quise hacerlo, pero mamá aseguraba que era peligroso. ¡Ahora no va a
poder detenerme!
También aprenderé esgrima,
combate cuerpo a cuerpo y envenenamiento (suena horripilante, lo sé). Dos años
más y comenzaremos a usar todo lo aprendido. Ya me entiendes, iremos en
cubierto por las calles siguiendo a cualquiera que nos sea asignado. ¡Estoy
tan ansiosa!
Tengo dos compañeras de habitación. Son…
¿interesantes? Una de ellas, Cassidy, ha estado mirando por la ventana y sonriendo
desde que llegó, algo que está empezando a asustarme.
Me llama el deber, ¡tengo que
irme!
Te extraño mucho y espero una
respuesta pronto.
Con mucho amor,
June.”
Esgrima, leer la
mente, combate cuerpo a cuerpo, ¡¿envenenamiento?! Y… ¡¿sin chocolate?! Nunca
había logrado hacerme una clara idea de cómo sería el Instituto. Parecía más
bien un lugar de adiestramiento para un ejército.
Pero es mi deber. Tal como el de los panaderos
es hacer pan, el de los abnegados es entrenarse para proteger a todo aquel de
puesto importante o poderoso, o simplemente a alguien totalmente indefenso.
Evitar que otros se entrometan en su camino.
Ahora que la carta
estaba frente a mí, todo comenzaba a cobrar forma y el coraje disminuía a
medida que la miraba más y más. Hasta que una mano regordeta me la arrebató de
las manos.
-Deja de torturarte, Megary.-dijo Savannah con
mirada reprobatoria.- Mirando la carta de esa manera no lograrás desintegrarla,
¿sabes? ¿Por qué no empiezas a empacar? No dejes todo para el último día.
Ocultó la cara entre mi cabello oscuro.
-Es mañana por la
noche-me quejé. Estaba totalmente cómoda allí y no me apetecía enfrentarme al
comienzo de lo que me esperaba.
-Precisamente eso
digo.-finalizó la mujer mayor, intentando con gran esfuerzo levantarme de la
mecedora.-Vamos, pequeña. Te ayudo con la ropa.
Antes de salir de la habitación, miré por
encima del hombro y, mirándola con odio, le saqué la lengua a la carta que
yacía en la mecedora. Sola, parecía un trozo de papel sin vida. Aunque bien
sabía que era mucho más que eso.
Unos minutos después, mi niñera, entusiasmada,
y yo, de mala gana, metíamos cosas al viejo baúl de mamá. Este era de color
verde bosque y tenía pintado un delicado colibrí azul en una de las esquinas.
-Savannah… ¿crees que haya guerra
pronto?-pregunté sin dejar de tironear de una bufanda. Las guerras en mi ciudad
eran tan comunes como la lluvia.- Tal vez por eso nos enviaron nuestras cartas
antes de lo esperado.
-Pero por favor,
Megary. ¿De dónde sacas tantas estupideces? Es solo una nueva ley.-masculló sin
dejar de doblar ropa.
Parecía ser una mujer
brusca, pero sabía más que nadie que Savannah podía llegar a ser una de las
mejores mujeres en el planeta. Era tan dulce, tan comprensiva y agradable, que
era imposible no quererla. Había llegado a mi vida el mismo día en que nací. Mis
padres la contrataron ya que yo era su primera hija y estaban ocupados la mayor
parte del tiempo. Desde entonces, Savannah cumplió su función de niñera a la
perfección.
Cuando había cumplido doce años, y mamá había muerto,
allí estuvo Savannah para consolarme a mí y a papá. Dos años después, había
vivido suplicándole a su papá para que mi amada niñera continuara trabajando en
la casa, aunque ya tuviera catorce años.
Yo solo necesitaba de esa abuela que nunca
había tenido y de una madre sobreprotectora que no volvería a tener.
-Es extraño que cambie de un día a otro, ¿no
crees?-continué. Enarqué una ceja y miré a Savannah con extrañeza. Necesitaba
arrebatarle algo. - ¿Una invasión? ¿O tal vez un ataque sorpresa de Hillary?
La mujer suspiró con
fuerza, rindiéndose a seguir contestando. Rodó los ojos, de color azul, y dejó
transcurrir el tiempo en silencio. Hasta que lo rompió, con un tono de duda
implantado en la voz.
Me miró con dureza,
algo que nunca había hecho, y tomó mis manos, apretándolas con fuerza.
-No se lo comentes a
su padre, pero es muy probable que algo esté a punto de ocurrir.-susurró con
ojos alarmados.- Mucha gente lo ha comentado. Quieren algo.
Se escucharon truenos
en el exterior.
-¿Qué cosa? ¿Qué es lo
que quieren?
Un relámpago iluminó
la habitación.
Savannah pegó un
saltito y se apresuró a dirigirse a la puerta, dejándome con la duda en los
ojos.
-Iré a preparar una
sopa para tu padre. Llegará en menos de una hora y apuesto a que estará cansado
y hambriento.-se excusó. Cerró la pesada puerta de un golpe, dejándome parada,
sola en el medio de mi habitación.
No era la gran cosa.
Un sencillo cuarto de cuatro paredes celestes, con pequeñas fotografías
esparcidas sin orden alguno y algún que otro cuadro. La cama, de sábanas
azules, se encontraba al lado de un pequeño tocador de madera. Lo gracioso era
que no tenía ni un potecito de maquillaje, solo había varios libros
desparramados y cuadernos abiertos, unos encima de otros.
Detrás de la puerta
había un espejo de cuerpo completo, donde llegué a ver parte de mi reflejo. Parecía
simplemente otra de las tantas chicas destrozadas de la ciudad, aunque había
algo más. ¿La mirada desafiante? ¿Mi actitud agresiva? Era morocha, de cabello
ondulado, ojos café, de mirada curiosa. No tenía figura escultural, ni la
altura de una modelo. Era esa cosa y punto.
¿De verdad me iba a
convertir en una abnegada? Parecía solo una niña. ¿El Instituto me iba a convertir
en una persona más dura y valiente? No creía que eso pudiese ser posible.
Parece que falta por lo menos un siglo para que
algo cambie en mí, pensé
mirándome con una mueca. Tal vez me
concedan la oportunidad de proteger un pajarito. O ni siquiera eso. No sirvo
para esto.
Eso era algo que no
había dejado de repetirme en los últimos días. Inútil, inútil Megary.
Tomé la lata de las
cartas y dejé la tapa sobre la almohada. Busqué una de las primeras cartas de
June y conseguí hacerme con la de su segundo día de estadía allí.
“Megary:
Las clases son A-L-U-S-C-I-N-A-N-T-E-S.
Sí, son durísimas, creo que moriré de tanto
entrenar y me ahogaré en el mar de tarea, pero estoy segura de que comencé
bastante bien. Ay, ¡pero por favor! ¿¡Qué diablos hago contándote esto!? ¡Está
lleno de chicos guapos! Lo admitiré, no hay ni una chica que no ande babeando
por los pasillos. Aunque, a decir verdad, me asombra lo arrogante y fría que es la gente de por aquí… Hasta mis
adorables compañeras de habitación no han dejado de presumir sus talentos secretos
(los cuales yo carezco), y, ¡madre mía! Deberías ver como todos luchan. Es
admirable.
Cassidy, mi querida “amiguita” que comparte
cuarto conmigo, necesita de mi ayuda para su trabajo sobre apariciones.
Debo irme antes de que me tire otro vaso de
agua fría.
¡Te quiero, Megs!
La esplendorosa y magnífica,
June.
P.D.: Siento mucho que la carta sea muy carta.
Hoy me aseguraré de…”
Las últimas palabras
estaban borroneadas con una mancha de algo líquido. Al parecer Cassidy había
tenido muy poca paciencia.
Eso de gente fría y
arrogante me daba tanta mala espina como el “deberías ver como todos luchan”.
Papá me había dado algunas clases de lo más básico de defensa personal, pero
eso era todo lo que sabía. Estaba unos cuantos niveles más abajo que el resto
de los abnegados que darían la prueba de ingreso dentro de casi un día.
¿Y si no…? No, tenía
que sacar esa idea de mi cabeza ya mismo. Siendo hija de mis padres, no podía
desaprobar la prueba de admisión. Era algo inusual, podría decir que un
abnegado entre cincuenta la desaprobaba.
No quiero ser la
excepción. No, no, ¡no quiero!
Otro relámpago.
25 de julio de 2013
Un poco más de esta cosa
Esta cosa soy yo, solo para aclarar ;)
Traigo dos cositas!! Una es el "prólogo" (o, como lo llamo yo: cuatro-oraciones-cursis-que-no-dicen-nada-y-que-solo-entiendes-si-lees-la-historia) de mi novelita "Abnegados".
Traigo dos cositas!! Una es el "prólogo" (o, como lo llamo yo: cuatro-oraciones-cursis-que-no-dicen-nada-y-que-solo-entiendes-si-lees-la-historia) de mi novelita "Abnegados".
Prólogo
Debes creerte capaz de
renunciar a todo por la persona a quien proteges.
Dejar que te arrebaten
todo. Y quedarte sin nada.
Ese es el duro y frío
precio de ser un abnegado.
UOOOOOO ¡TACHÁN! Eso fue todo el prólogo/cuatro-oraciones-cursis-que-no-dicen-nada-y-que-solo-entiendes-si-lees-la-historia. Así que si estás en este blog, si, ahí enfrente de tu pantalla, sentado en una silla dura, y, te gustó el prólogo: ¡COMENTA! Te estaré vigilando. ¡No!¡No te vayas!¡Era broma, era broma!
En fiiiiiiiiiiin, el Capítulo 1 estará aquí... naaaah, mentira, no doy fechas ;) Pero habrá otras cositas rondando por el blog♥ Y... no te olvides, ¡comenta!
Lo otro que traía era un poco más de mi persona :D Solo son algunas cosas básicas al estilo de color favorito :P Empecemosss: soy pelirroja, tengo ojos celestes y soy muuuuy alta (algo que detesto). Voy a clases de patín artístico, amo el invierno y amaría ver nevar, pero en Argentina nunca nieva y no viajo mucho (ojalá pudiese).
Para terminar, solo quiero decirles que podría vivir de la escritura (y del helado) y de millones y millones de libros.
Con esto termino hoy ;)
Un sándwich de besos
Melanie
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