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13 de septiembre de 2013

Enredada

Bueno, eso, estoy totalmente enredada y atrasada, lo sé. Pero tengo mis merecidas excusas: luego de repetidos problemas con la computadora, se me borraron dos capítulos de Abnegados, además de algunos relatos y reseñas, y no los pude recuperar :(
Así que me puse las pilas y trataré de "reponer" todo.

2 de septiembre de 2013

Capítulo 4 de Abnegados

Tal como prometí, hoy dejó el Capítulo 4 de Abnegados, el cual creo que quedó un poquitín más largo que siempre. Ah, y si lo lees, ¡comenta! ¡Comenta, comenta, comenta! :D


Capítulo 4

Decir que el comienzo del viaje fue la locura en persona es quedarse bastante corto. Entre los chillidos de entusiasmo de algunas chicas (algo totalmente exagerado, en mi opinión) y los traqueteos que hacía el tren (los cuales te empujaban de un lado a otro. Un chico pelirrojo llegó a caerse de su asiento. Nadie dejó de reír hasta que el tren dobló hacia la izquierda y otras chicas se vieron empujadas, cayendo sobre otros asientos), parecía un loquero. Y ni hablar de la cara de Ian: la falta de humor y alegría más intensa que jamás se haya visto.
Cuando apenas había pasado una hora, Ian se sumergió en un profundo sueño, con ronquidos y todo incluido. Y yo me aburrí al instante.
Intentando no darle una patada, bajé las piernas de su asiento y me paré con un molesto dolor de cuello. El tren por fin parecía bastante controlado: los gritos se habían apagado y varios no hacían otras cosas que escuchar música o hablar en un tono de voz más normal. Otros habían optado por echarse una siesta.
Era extraño pasearse por ese bamboleante tren. Y no, lo extraño no era el bamboleo, sino el ambiente que tenía. El alma de abnegado es algo con lo que naces, ¿cierto? Bueno, en cierto modo, todos los abnegados nacieron de una alma madre, por así decir. No es que seamos todos hermanitos, porque si no entonces estaría un poco asqueada al pensar en la cantidad de parejas abnegadas que conocía, pero el hecho era que había varias conexiones entre nosotros. Una de ellas era la marca de nacimiento abnegada, un patético círculo detrás de la oreja. ¿Acaso no podía ser una increíble figura complicada, un pajarito o, no sé, algo más interesante? No, tenía que ser un círculo.
En fin, otra de las conexiones entre nosotros se puede detectar simplemente al ver los ojos de cualquiera en ese tren. Si agudizas la mirada, llegarás a ver la segunda “marca”, otro genial círculo. Este es plateado y brilla de vez en cuando (hay una teoría sobre eso, pero nunca la supe). Y, al tener esas dos marcas, se podía ver en el aire unos hilitos casi invisibles que nos unían a todos. Más bien se sentían: aunque no los tocases, eran palpables en el aire.
En el tren había tantos que me costaba mucho distinguir de dónde provenía cada uno. Sin embargo, no había tantos como abnegados de dieciséis años que deberían estar dirigiéndose al Instituto para su primer año de formación. Si eras de una familia sumamente importante y tenías bastantes recursos, el Instituto te concedía un año de “pre-preparación”. Absurdo, ¿no? Por lo tanto, iba a estar otro nivel más abajo que otros, iba a saber menos que los otros y seguramente me las arreglaría para hacer el ridículo de mil maneras posibles. ¡Genial!
Entre tantos pensamientos, choqué a un chico pelirrojo, con millones de pecas en la cara y unos ojos azules pequeños.
-¡Ey, mira por dónde caminas!-masculló. Parecía que se había contagiado del mal humor de Ian.
-Lo siento. Tú también podrías mirar, ¿sabes?
Me lanzó una mirada furiosa. Y con eso terminó nuestro gran encuentro. Aunque logró dejarme una fea mueca en la cara. Maldito pelirrojo con pecas.
Cuando volví a mi asiento, Ian seguía dormido, seguramente soñando con quién sabe qué. Estaba demasiado aburrida, así que llegué a la inteligente conclusión de despertarlo, sabiendo que sufría el riesgo de encontrarme con un oso gruñón.
Bueno, se podría decir que soy adivina.
-¡Suelta, Megary!-dijo entre dientes.- ¿Qué hora es? ¿Ya llegamos?
-No lo sé y no.
Recibí una mirada llena de odio.
-¿Y se puede saber por qué rayos me despertaste?
-Emm… ¿necesito socializar con alguien que no sea un malhumorado pelirrojo?
Ian mostró toda la confusión del mundo.
-¿Qué?
-Olvídalo.
Ian se revolvió en el incómodo asiento. Llevaba el cabello todo alborotado y los ojos cansados. Varias veces lo había visto así; no dormía muy bien por las noches. Y tenía ciertos motivos: pesadillas de la muerte de su hermanita menor y mi prima, Apple, lo acosaban cuando dejaba cerrar los párpados. Ella tenía cuatro años, él y yo, nueve. Fue un día espantoso para nuestra familia. Apple había logrado escaparse de la casa, nadie sabe cómo, por la ventana.
La buscamos por todos lados, horas y horas. Entrada la noche, Ian y André volvieron con gruesas lágrimas en los ojos. Ian no podía controlarse, creo que ver esa imagen suya me partió el corazón en mil pedazos.
Apple había sido asesinada a cuchillazos.
Saqué la espantosa imagen de mi cabeza tan rápido como pude. Al pestañear y encontrarme con el pelirrojo mirándome como si estuviese esperando algo, comprendí que me había perdido de algo.
-¿Tienes?-inquirió alzando una ceja. ¿Si tenía qué?
-¿Eh?-solté.
-Unas canicas.-respondió, como si fuese algo obvio.
Okay, estaba totalmente perdida.
-¿Para qué quieres canicas? Estamos en un tren en movimiento…-repliqué. Además que sería un poco raro llevar canicas para un viaje de tres horas.- No creo que consigas unas.
Ian se rió a espaldas del pelirrojo.
-Una chica tiene problemas con la cabeza por las conexiones y no sé qué. Necesitan canicas o algo de vidrio o cristal esférico para opacar los efectos.-me explicó. Canicas para opacar dolores de cabezas… Nunca lo había escuchado.- Por cierto, él es ¿Jordan?
-Ethan.-lo corrigió el pelirrojo.- ¿Tienes o no una canica?
Bueno, podrías pedírmelo mejor, ¿no, Ethan? Malhumorado y además maleducado. Ese tren parecía ser un infierno, tanto por la compañía como por el calor.
-No tengo nada. Puedo acompañarte y ver si puedo hacer algo para ayudar…
-No.-masculló con ferocidad.- Solo serás otro estorbo que añadir a la larga lista de chicas estorbando en el asiento de… esto, ¿cómo era su nombre? Algo con Pat.
Tan delicado.
-Ey, no es necesario hablarle así.-salió a la defensa Ian.- Cuida un poco tu lengüita, creo que está un poco fuera de control.
-¿Con que fuera de control, dices?
Me deslicé fuera del asiento cuando Ethan se dio vuelta para enfrentarse a Ian. Si llegaba a haber una pelea, dudaba mucho que ese pelirrojo pudiera con mi primo, quien había asistido a clases de taekwondo durante ocho años.
Fui rebotando de pared a pared del tren durante el largo recorrido hacia el asiento de la tal Pat. Ethan tenía razón: un millón de chicas se precipitaban sobre una que parecía mucho más pequeña. Su cabello rubio estaba bastante corto, por encima de los hombros, y llevaba un flequillo bien peinado. Los párpados le temblaban y se sujetaba la frente sudorosa con una mano pálida.
¿Es que esas muchachas no se daban cuenta? ¡Eran ellas las que causaban el dolor de cabeza! Por favor, solo pido un poco de cerebro.
-A ver, abran paso.
Empujé a varias chicas, pero estas estaban firmes como postes clavados sobre el piso.
-¡Qué se muevan!-dije un poco más alto. Varias retrocedieron asustadas. Ups.- Abran las ventanas y déjenle espacio, la pobre no puede respirar porque todas están bloqueándole el aire. Y… ¿a ninguna se les ocurrió que todas esas conexiones que están pasando precisamente sobre su cabeza en este momento son de ustedes? Si no me equivoco, esas conexiones provocan su dolor de cabeza así que…
Silencio de chicas intimidadas y que acaban de reconocer lo tontas que son.
-¡Muévanse!
El grupo por fin se abrió y se desparramó a lo largo del pasillo. Pat o como se llamara suspiró aliviada. Sus mejillas comenzaban a recobrar color y los ojos se mantuvieron abiertos, mirándome.
-Gracias. Creía que no llegaría nadie para hacerlas entrar en razón.
-No hay problema. Todos están un poco alterados, ¿no crees?
Sonrió y se apartó el cabello de la cara. Tenía facciones delicadísimas, casi parecía una chica frágil. Y, hablando de fragilidad, una nueva y fuerte sacudida del tren nos tiró a casi todos al piso. Mascullé una incoherencia; me había golpeado contra el borde de un asiento en la cabeza.
Sonó una campana agudísima.
-Bienvenidos al Instituto de Preparación para Abnegados. Por favor, bajen por las puertas izquierdas. No se separen del grupo. Les recordamos que está totalmente prohibido ingresar al edificio con chocolate, armas o artefactos humanos. Quien sea sorprendido con cualquiera de los elementos antes mencionados, será  gravemente sancionado.
»Esperamos que disfruten de su estadía en el Instituto.
Se escuchó otra vez un pitido y el tren comenzó a vaciarse en cuestión de segundos. Pat, la rubia de aspecto delicado, había desaparecido de mi lado. Me apresuré a levantarme del suelo del tren (todo lleno de polvo) y me sacudí los pantalones negros. Como ya no quedaba nadie, no tuve apuro en deslizarme por una de las puertas del tren.
Y me quedé con la boca abierta, bien coma una tonta, mirando el imponente edificio que se alzaba frente a mí. Antiguo, enorme y… guau. Era de piedra gris, con una enredadera trepando hasta atrapar algunas de las ventanas del primer piso. Estas tenían verjas de color negro, con diseños complicados. A cada lado del edificio, se alzaban dos altas torres, con tejados donde varias aves se posaban con elegancia.
El tren estaba a unos veinte metros del  Instituto; el grupo en el que yo debería estar se encontraba cruzando sus puertas, cada uno con sus respectivos bolsos. Genial, no había pisado el lugar y ya había roto una de las reglas: no separarse del grupo.
-¿Te ayudo, Sia?-dijo una voz gruesa a mi espalda. Di un saltito, sorprendida, y luego me giré para encontrarme con un muchacho confundido. Sus rizos rubios le caían elegantemente sobre sus ojos azules, de pestañas largas.- Ah, perdona. Creí que eras…
Alcé las cejas.
-¿Sia?
-Olvídalo. Soy un estúpido que debería estar en otro lugar haciendo otra cosa.-dijo con un resoplido.- Aunque puedo ayudarte, si quieres. ¿Tú no eres de las nuevas? El grupo ya se fue.
-Ya lo sé, no hace falta que me lo recuerdes.-respondí malhumorada.
El chico hizo una mueca y al instante intenté controlarme un poco más.
-Lo siento, ha sido una tortura el viaje. Gracias, igualmente.-respondí con lo que se suponía que debía ser una sonrisa amistosa.
Nos quedamos los dos allí, sin saber qué hacer. Bueno… en realidad era yo la que no sabía qué hacer. ¿Dónde estaba el vagón del equipaje? ¿Tenía que ir a buscar mi baúl o ya se lo habían llevado?
El chico señaló hacia atrás con la cabeza.
-Hay algunos profesores que están terminando de llevar los bolsos de alumnos despistados. No sé quién podía olvidar sus cosas, más en su primer año…
Que gracioso.
-…pero siempre hay alguien.-finalizó con una sonrisa. Sin decir absolutamente nada, comenzó a caminar hacia el edificio con las manos en los bolsillos. Tuve que apresurarme para alcanzarlo.-Soy Trace Webber, ¿tú eres…?
-Megary Chassier.
Sus ojos se iluminaron con una pizca de reconocimiento.
-¿Hija de Jason Webber? Mis tíos trabajaban con él.
¿Se suponía que tenía que sonarme su nombre?
Cuando quise darme cuenta, ya nos encontrábamos frente a la gigante puerta de madera. No sabía si tenía que tocar o qué, ya que la puerta estaba firmemente cerrada. Dejé que Trace introdujera, curiosamente, su dedo en la cerradura.
-¿Qué…?-comencé, pero Trace me ignoró mientras, luego de haber escuchado un clic, sacaba el dedo y se limpiaba la sangre que manaba de un diminuto pinchazo.
La puerta comenzó a abrirse con un crujido. ¿Él…? ¿Había…? Sonrió con suficiencia y me dejó pasar, pisando lo que parecía una obra de arte. El suelo, de mármol gris, cubría un larguísimo pasillo, donde había miles de puertas. Mi grupo, el que me había abandonado en el tren, obstaculizaba mi vista para ver más allá, pero todo era impresionante. Las paredes estaban cubiertas de fotografías, algo inusual (estaban prohibidas en nuestro lado del mundo), todas de estudiantes de años anteriores. También había pinturas increíbles decorando el entorno.
Parecía un castillo, sí. Daba miedo y a la vez era de un cuento de hadas.
Mientras había estado observando todo, Trace había desaparecido de mi lado. Todos con quienes me había cruzado hoy, habían desaparecido como arte de magia. Fríos y arrogantes, como los había descripto mi prima, y además misteriosos.
Busqué a Ian con la mirada. No fue difícil, se encontraba contemplando con el ceño fruncido una de las pinturas. Me acerqué por detrás de él sin hacer ruido.
Dio un saltito cuando hablé junto a su oído.
-Gracias por esperarme.
Se recompuso con rapidez y me miró divertido.
-De nada, primita.
-¿Sabes lo que significa la ironía, verdad?
Lanzó una suave risa y me tomó del brazo para sumergirnos en el mar de gente. Estaba a punto de quejarme de todos los pisotones que estaba recibiendo (tanto en los pies como en otros lugares bastante inusuales para ser pisotones), cuando me di cuenta, razoné y casi grité. ¡Estaba en el Instituto! Daría la prueba  de admisión, aprendería a luchar y sería ¿alguien distinto?

Aunque, ¿yo que iba a saber? Este camino recién comenzaba.

Gracias al que se haya tomado el tiempo de leer♥

26 de agosto de 2013

¡Apadrina un blog!

Es una propuesta del blog Leyendo entre Letras, en la cual blog con más de 100 seguidores "apadrinan" a blogs con menos de 100 seguidores. Así que básicamente para ello me uno :D

Clic para acceder
 
Y, pasando a otro asunto, los exámenes parecen estar cayéndome del cielo, así que dudo poder subir muchos capítulos entre esta y la próxima semana :(


14 de agosto de 2013

Capítulo 3

Hola gente de por ahíííííí. Hoy estoy muuuuuy triste (se murió uno de mis gatos :( ), pero, como prometí, aquí está el capítulo 3 de Abnegados.

Capítulo 3.

La llegada a la estación fue estrepitosa. Estaba llena de gente, en su mayoría jóvenes abnegados como nosotros, pero también había varios trabajadores que se dirigían al centro de Hillary. La Estación Oeste de Hillary era un gigantesco edificio de ladrillos rojos, con un destartalado cartel de luces que indicaba la partida y llegada de los trenes. Había unos pocos árboles sin hojas a ambos lados de la puerta principal, la cual no dejaba de abrirse y cerrarse.
El tren partía dentro de unos veinte minutos, así que teníamos tiempo de sobra para hacer todo el papeleo y llevar los bolsos al vagón de equipaje. André aparcó en el estacionamiento y comenzó a sacar todo del coche.

-Ian, ayuda a tu prima con el baúl. Yo llevo tus bolsos.
¡Lo que costó sacar ese enorme baúl del coche! Jadeando, logré que aterrizara en brazos de Ian, quien se inclinó un poco bajo su peso. Fuimos cargándolo, cada uno tomándolo de una manija, hasta la puerta principal. André nos seguía pisándonos los talones; no se separó de nosotros en ningún momento.

Dentro, era todo un enorme bullicio de gente.  Había tanto ruido que era imposible hablar con alguien que tenías al lado, y hacía tanto calor que pronto ambos nos quitamos nuestros abrigos. Ian llevaba una camiseta ajustada al cuerpo de color azul y pantalones negros. Era un chico atractivo para mí, al estilo clásico. Era bastante flacucho y alto, de cabello castaño perfectamente peinado y ojos color azul. Casi siempre iba con el ceño fruncido, no de muy buen humor, y pateando cosas mientras caminaba. Lo único que lograba apaciguarlo era la pintura, básicamente vivía de ello.

Apenas dimos unos pasos dentro del enorme edificio, una joven rubia de enormes ojos celestes, se nos acercó. En su blusa blanca llevaba una plaquita donde decía Sofía. Ian le lanzó una miraba de aprobación antes de que esta comenzara a hablar.

-Buenos días, bienvenidos a la Estación Oeste de Hillary. ¿Les molestaría decirme que tren tomarán? Ya mismo recogeremos sus datos.

-Nuestro tren es el de las cinco de la tarde, con destino al Instituto de Preparación.-dijo Ian con una sonrisa provocadora.

 Lo fulminé con la mirada. ¡La acababa de conocer!

-¿Dónde dice que podemos completar los papeles?-dije en tono cortante y con una sonrisa fingida.

Sofía nos regaló una enorme sonrisa y comenzó a abrirse paso entre la gente, indicándonos que la siguiéramos. Ian no ayudó a cargar mi baúl, se dedicó a observar el trasero de Sofía, con una gran sonrisa de satisfacción en la cara. Su padre no parecía darse cuenta de nada, o simplemente lo dejaba pasar.

Lo golpeé con el hombro al pasar, pero siguió con su cara de embobado.

La rubia nos condujo al vagón de equipaje, donde tomaron nuestros datos con rapidez y pegaron varias etiquetas en nuestros bolsos. Sofía nos volvió a llevar a corridas hacia una pequeña oficinita, lugar donde nos pidieron nuestras huellas digitales y nos sacaron una fotografía a cada uno –la mía tan asquerosa como puedas imaginarte –y armaron en tan solo unos minutos nuestras tarjetas de identificación.

Mi tío no dejó de seguirnos ni por un segundo, mirando nerviosamente a su alrededor. Había demasiada gente, gente que empujaba, gritaba y corría de un lado para el otro. Familias despidiéndose, algunas entre lágrimas de orgullo, otras nerviosas. La tensión ansiosa que recorría la estación me contagió, por lo que no dejé de apretarme las manos, apretar las de Ian, y ponerme de puntillas para ver cuando partía el viejo tren.

Para que mentir: estaba nerviosa, asustada y entusiasmada. Quería que todo ocurriera ya mismo, que terminara el año y que pudiese volver a mi hogar. ¿O acaso quería llegar al Instituto y aprender a utilizar mi alma de abnegada?

Uf. Sí, era esa expresión la indicada: uf, uf, uf.

-Por dios, Megs, quédate quieta.-masculló Ian.

-No.

Giró la cabeza de golpe y se encontró  conmigo de brazos cruzados. Alcé las cejas.

-Necesito descargarme. Si no voy a explotar.

-¿Qué es lo que te pone tan nerviosa? No nos van a cortar la cabeza ni nada…

Abrí los ojos con espanto e Ian se encogió de hombros. André me rodeó con un brazo y miró a Ian con severidad.

-Ian, por favor. Intenta no alterarla más de lo que ya está, ¿quieres?

Suspiré e intenté relajarme. Esto se me estaba yendo de las manos. No nos iban a cortar la cabeza ni nada, intenté convencerme. Respiré profundamente, aflojando mis manos tensas.

 Se escuchó el silbato del tren, teníamos que subirnos ya mismo. Lancé un gemido apenas audible.

El ruido y las corridas se multiplicaron por mil. André nos condujo –a mí, mejor dicho me arrastró –hacia nuestros vagones. Ian me miró con el ceño fruncido, parecía estar pensando que de verdad yo había perdido los únicos tornillos que me quedaban y que apenas tuviese la oportunidad, iba a escapar.

La despedida fue tan breve que necesité recibir varios empujones de parte de Ian para reaccionar y despegarme del suelo. Me sentía como una niña en su primerísimo día de clases, una cobarde que no quiere dejar a su mamá. No se atreve a ver lo nuevo ni experimentar lo difícil. Algo la aferra a su hogar, su tierra de recuerdos; algo tira de ella hacia lo desconocido. ¿Era yo esa niña, o en realidad podía llegar a ser igual de valiente que mamá? Ella, que lo había dejado todo para cumplir con su papel de abnegada a la perfección. Había dejado que acabasen con ella sin miedo a saber que habría después. ¿Y yo ni siquiera podía subirme a un estúpido tren?

Suspiré y moví las piernas hacia adelante. Unos hombres me ayudaron a superar la enorme distancia entre el vagón y el suelo. Ya no había vuelta atrás.

Dentro, todo era una enorme estufa. Se escuchaban risas y grititos de entusiasmo; claro, ¿cómo no? Era un tren lleno de adolescentes con las hormonas a tope. Adolescentes que pronto comenzamos a sudar como locos y a abrir las ventanas en un ataque de desesperación.

Las paredes de los vagones eran de un verde oscuro, sucias y descuidadas, y ninguna de ellas estaba vacía. Ya fueran fotografías viejísimas o luces –algunas funcionando, otras titilando –, las paredes que nos rodeaban parecían de otra época. Era un tren precioso. Aunque podría tener un mejor aroma…

Los pasillos angostos eran intransitables, recibí montones de empujones hasta poder llegar a un par de asientos libres. Ian se me perdió en el camino, así que tuve que sumergirme en ese océano de gente hasta encontrarlo y arrástralo a los asientos. Estos eran de cuero marrón, totalmente desgastado y con algunos garabatos.

Acabamos sentados, totalmente exhaustos.

-¡Esto es el infierno!-me quejé, apartándome el cabello de la cara.- Podrían limpiar un poco este lugar.

-Deja de quejarte ya, Megs. ¿Es que no has visto ya la cantidad de chicas guapas que hay ahora mismo en este tren? ¡Es fantástico!

Guau. Ese era mi primo.

-¿Piensas esperar a pisar el Instituto para comenzar a besarte con todas las chicas?-le sonreí. Ian necesitaba a una mujer para vivir, como si del agua se tratase.

-De hecho…

Agachó la mirada, sin dejar de sonreír.

-¡Ian!-mascullé. Abrí los ojos y alcé las cejas con horror.- Dime que no es cierto, porque si no…

-¿Qué crees, primita? No, todavía no he capturado ninguna presa, quédate tranquila.

Rió con fuerza. Era increíble.

-No sé si tu hermana ya te lo ha dicho, pero las reglas en el Instituto son severas y no cumplirlas te dejará mal parado. Si no me equivoco, andar besándose por los pasillos no es algo muy recomendable, en especial con la directora paseando por ahí.-aseguré. Y no mentía. Luego me acerqué a él, poniendo mi mejor cara dramática.-Por favor, Ian, no dejes que te echen el primer día. Piensa en tu adorable prima. ¿De verdad me dejarás sola?

Me siguió el juego al instante y su expresión se transformó completamente. Intenté no reírme, aunque fue en vano.

-¡No lo haré, Megary! ¡Prometo no abandonarte nunca!-gritó con voz grave y graciosa. Unas chicas que pasaban por al lado nuestro nos miraron con cara extraña. Ian se acomodó con rapidez.- Hola, chicas. ¿Disfrutando del viaje?-dijo utilizando su tono seductor.

Reí a más no poder al ver como las chicas salían ahuyentadas.

Cuando conseguimos calmarnos del ataque de risa, conseguí acomodarme con mis piernas sobre las suyas. Él ni se inmutó, aunque eso no era de esperar. Esa posición solía acompañarnos la mayoría de las tardes que compartíamos; ya era una vieja costumbre.

 Ian abrió la boca para decir algo, pero un pitido que sonó a lo largo de todo el tren y que nos dejó una mueca en la cara a todos lo interrumpió. Varios sacaron los brazos por las ventanillas para saludar a sus familias por última vez mientras el tren partía. Un escalofrío me recorrió el cuerpo entero, pero esta vez era de emoción.

Era el comienzo de lo que sería un largo año.


¡Espero que te haya gustado, personitaqueestáleyendoesto!

13 de agosto de 2013

Reseña de "Hush, hush", Becca Fitzpatrick

Hush, hush
Becca Fitzpatrick
 
Nora Grey, una alumna aplicada en busca de una beca para la universidad, vive con su madre viuda en una granja a las afueras de Portland, Maine. Cuando Patch se convierte en su nuevo compañero de instituto, Nora siente a la vez atracción y repulsión hacia este extraño personaje que parece tener acceso a sus pensamientos. Luego se entera de que Patch es un ángel caído que quiere convertirse en humano. Nora está bajo su control, pero hay también otras fuerzas en juego y de repente se encuentra viviendo hechos inexplicables y en medio de una situación muy peligrosa.
 
Editorial: Ediciones b
Autora: Becca Fitzpatrick
I.S.B.N: 9788466644174
 
Opinión personal
Este libro me encantó y nunca deja de aburrirme a pesar de que lo leo una y otra vez. ¿Por su forma sencilla de narrar? ¿O por sus personajes misteriosos y cautivantes? Hush, hush te dejará con ganas de más y no tardarás más de unas pocas horas en terminarlo.
Este fue el primer libro de ángeles que leí, así que me pareció de lo más original, en especial ya que me estaba hartando un poco de la temática de vampiros-licántropos.
Voy a admitirlo: a diferencia de mucha gente -por lo que he leído-, Nora Grey, la narradora, no me pareció en absoluto molesta o aburrida. Sí, puede ser que de vez en cuando se fuera de tema, pero me gustó bastante como personaje.
Patch Cipriano. En definitiva es mi personaje masculino favorito. Chico malo+seducción oscura= Patch. Por otro lado, Vee Sky, mejor amiga de Nora, no me gustó para nada. Me hubiese gustado que a  Marcie Millar, la chica mala de la historia, la autora le diera un poco más de protagonismo en el primer libro, y tal vez me esperaba un poco más de... esencia de chica mala...
Misterio, romance y puros nervios hasta llegar a la última página van a acompañarte a lo largo de esta novela.

Puntuación: ¡Fantástico! Léelo ya mismo ♥ ♥ ♥ ♥ ♥ (sí, ya se que faltaron algunas cosas, pero no vas a arrepentirte de leerlo).



Y... traigo una reseña super especial para dentro de poco (me faltan unos cuantos capítulos para terminar), que es nada más y nada menos de Interlocking Stars, de Melissa Loria Rojas (puedes acceder a su blog haciendo clic AQUÍ, y leer su novela haciendo clic AQUÍ)

El capítulo 3 de Abnegados prometo tenerlo publicado para esta semana (ando con millones de exámenes D:)
 

2 de agosto de 2013

¡Cambio!

Tuve una idea super rara y no tengo ni idea, pero he vuelto a escribir los primeros capítulos de Abnegados (sigue con la misma trama e historia). Lo único que cambia es el narrador, que pasa a protagonista (o sea, primera persona). También le agregue algunas cosillas, peor nada importante ;)

El Cap.1 reescrito y actualizado puedes encontrarlo haciendo clic AQUÍ, en su post original :D
El Cap. 2 actualizado, léelo AQUÍ :)

30 de julio de 2013

¡Capítulo 2! Abnegados

Holaaa gente que esté por ahí :D

Dejo el Capítulo 2 de Abnegados por aquí para que lean♥



Capítulo 2

Las cenas en mi pequeña y humilde casa no eran más que silenciosas. Éramos tres en la mesa: papá, Savannah y yo. ¿Dije tres? Quise decir cuatro: también mi gato pelirrojo, Ronquidos, tomaba asiento en una de las sillas.

 Era momento de anunciarle la gran noticia a papá. Él de seguro ya sabía que la carta llegaría algún día, pero no tan pronto. Ahora tendría que pasar por el terrible momento de ver como sus ojos se oscurecían, recordando con melancolía a mamá.

Carraspeé, incómoda.

-Papá…-comencé, dudosa-. Ha llegado una carta ayer por la tarde.

Levantó la cabeza con una sonrisa.

-¿Acaso no será de tus primos? La tía Lena me comentó que hoy te habían enviado un paquete con algo especial. No creí que llegaría tan rápido.

-No, seguramente se retrasará por la lluvia.

Silencio.

Savannah nos miraba, a padre e hija, como si estuviésemos jugando un partido de tenis.

Él se me quedó mirando, mientras yo jugaba con la cuchara y miraba a cualquier lugar menos a sus ojos.

-Entonces…-dijo, haciendo una seña con su mano para que continuara hablando.

-Es del Instituto de Preparación.-solté con apenas un hilo de voz.

Savannah emitió un gemido apenas audible. Me atreví a alzar la cabeza lentamente para ver su reacción. Curiosamente, no había ni un rastro de emoción en su cara. Nada. Savannah me miró con curiosidad de reojo. Ninguna de las dos entendía.

-Magnífico, mi niña. Serás una gran abnegada, tal como tu madre.

Se me hizo un nudo en la garganta; tragué, confundida.

-P-pero…-tartamudeó-. Papá… ¿no te molesta? ¿No estás asustado?

Savannah tomó su plato y retiró los demás, dirigiéndose a la cocina.

Papá suspiró con pesadez y dejó caer la cabeza hacia adelante. Su cabello color miel tapaba sus ojos; pronto tendría que cortárselo. Acababa de afeitarse, dejando ver una piel color tostada. Y sus ojos… Ah, sus ojos. Estaba profundamente enamorada de ellos desde que los había visto. Eran azules, pero no como el cielo, ni como el mar en plena tormenta, eran… indescriptibles. Tenían motas de diferentes tonos de verdes y violetas, con un resplandor especial. Esos ojos parecían tener personalidad propia, me dije con una sonrisa interior.

Ahora me miraban con orgullo.

-¿Asustado? Para nada. Confío en ti, cariño. Sé que puedes hacerlo mejor que cualquier otro abnegado en el mundo. ¿Sabes? Desde niña tenías ese instinto protector.- Ahora sonreía y acariciaba una de las manos de la joven-. Cuidabas de los animales, de tus primos menores, de nosotros. Apuesto cualquier cosa a que Rose estaría tan, pero tan orgullosa de ti que podría volar.

Sonreí y reí ligeramente. Tal vez de verdad estuviese volando sobre nuestras cabezas en ese preciso instante. La extrañaba tanto…

-Megs, recuerda que en el mundo no hay persona más fuerte…

-…que uno mismo.-completé rodando los ojos. Él no había dejado de decírmelo desde que mamá nos había dejado.

Se levantó de la mesa y se acercó a mí con una sonrisa en la cara. Me abrazó con dulzura y en menos de un instante, bailábamos como si fuéramos niños. Papá cantaba. Cantaba como un ángel de alas que podrían ocupar todo un cielo. Suave como el algodón y majestuoso como un león.

Por desgracia, yo no había heredado ni una pizca de su hermosa voz. La mía era más bien… espantosa. Cuando era niña no me importaba y cantaba con él. Por un momento nos vi, a los tres, desparramados en el jardín, jugando, cantando, comiendo, juntando flores, hablando de los secretos de la vida.

Me apreté a su pecho y escuché su corazón. Latía con fuerza y decisión.

-Anda, ve a la cama. -susurró, rompiendo el momento mágico de padre e hija-. Estoy tan cansado que podría dormirme sobre una cama de clavos.

-Buenas noches, papá.

Tomé con torpeza al gato en brazos y me lo llevé a mi habitación. Subí las escaleras sonriendo, con un gusto fuerte a dulzura y confianza. No me duché, tampoco me molesté en cambiarme, solamente me metí en la cama, esperando que la agradable sensación que me inundaba el cuerpo permaneciera allí y ahuyentara las pesadillas.

Ronquidos se acurrucó pegado a mis piernas y no dejó de ronronear en toda la noche. Detestaba el nombre que yo misma le había puesto al gato varios años atrás, siendo una niña inocente. Era tan estúpido e infantil.

Shakespeare. Ese era un nombre excelente, pensé con angustia. ¿Cómo no se me había ocurrido antes?

Por la mañana

Tuve unos extraños sueños donde Ronquidos era Hamlet y repetía una y otra vez sus diálogos. Y llevaba ropa puesta. Fruncí el ceño a medida que más y más escenas del sueño reciente aparecían en mi cabeza.

Al despertar, me encontré con un paquete en la mesilla de luz. Lo tomé con un ojo cerrado y el otro entreabierto, todavía dormida. Me lo habían enviado mis primos: Alissa, Ian y Katia, todos hermanos de June.

Lo primero que salió del sobre fue la invitación. Un lindo sobre artesanal se deslizó hasta caer con suavidad en la cama. Lo abrí con delicadeza y lo leí con una sonrisa en la cara. Anunciaba el casamiento de Lena Chassier y André Jolie-mis tíos de parte paterna-, el sábado, en la playa.

Con bronca, dejé a un lado la invitación. No iba a estar en casa en esa fecha: ya estaría en el Instituto y, aunque fuesen mis tíos, no creía que me permitiesen salir en la primera semana. Suspirando, saqué las otras dos cartas del paquete.

La primera era de Alissa y Katia, las dos gemelas de trece años. Estaban felices y ansiosas por la carta que había recibido, y querían que le contara todo en cuanto llegara. La metió en el baúl, para recordarse escribirles.

La segunda era de Ian, algo así como mi mejor amigo desde que tenía memoria. Sí, era mi primo, pero había una conexión entre los dos imposible de evitar. Él también había recibido su carta de la Instituto (ya que teníamos la misma edad) y no dejaba de despotricar contra su madre, quien quería prepararle una fiesta de despedida. No estaba de humor para nada y lo único quería hacer era pasar el día pintando y, para colmo, se le habían acabado los pinceles.

Me reí con ganas. Ian tenía un carácter horrible y yo no podía aguantar la risa cuando lo veía tirando todo por su habitación con bronca por simples estupideces. Iba pensando en esa vez que Ian rompió un vaso solo porque estaba lloviendo, cuando tropecé con algo que estaba tirado en el piso. Era frío y duro, necesité levantarlo para ver que era.

Un medallón de bronce con forma de triángulo, casi tan pequeño como una gota de agua, colgado de una cadenita casi invisible. Nunca lo había visto, sin embargo sentí familiar las luces que emitía cuando lo movía entre los dedos. Casi se me cae cuando se abrió la puerta de un golpe. Pegué un saltito y cerré la mano sobre la cadena, sin saber muy bien por qué.

Savannah llevaba la bandeja con el desayuno y una gran sonrisa. 

-Buenos días, mi niña.-saludó, apartando las cartas de la cama y depositando allí la bandeja-. Hoy será un día sumamente largo, así que lo mejor será que apenas termines de desayunar, controles que todo lo que tienes que llevar esté guardado. A eso de las tres de la tarde, pasarán tus tíos con Ian a buscarte para llevarte a Hillary. Así que antes de almorzar tienes que estar duchada y cambiada, ¿de acuerdo?

Hablaba sin parar, de manera rápida y entrecortada. Se apartó los mechones canosos que interrumpían su vista y, sin perder ni un segundo, abrió las cortinas. Luego, sin decir nada, se marchó casi corriendo.

Seguí a pie de la letra lo que Savannah me había dicho. Desayuné con tranquilidad el café con leche y toda la comida que estaba en la bandeja. Apenas terminé, recordé que todavía apretaba con fuerza la cadenita del triángulo.

El ser tan simple la hace especial, pensé, ya que no entendía la enorme fascinación que me producía ese diminuto triangulito. ¿Qué cosa eres? ¿De dónde saliste?

 Dejé la cadenita en la mesilla de luz y me dirigí al armario de la ropa para tomar una remera sin mangas negra y unos pantalones.

Me duché mientras tarareaba una canción cuyo nombre no recordaba. Y me caí. Mascullé un par de maldiciones. Joder, ¿por qué tenía que ser tan torpe? Me levanté, resbalando cada vez más. Me resigné a ponerme de pie, y quedé ahí despatarrada, sintiendo como el agua caía sobre mí.

Era patética. Simplemente ese término me resumía.

 

 

Luego de almorzar, fue el momento de que me despidiera de Savannah, a quien no vería por lo menos dentro de un año. Ella derramó gran cantidad de lágrimas porque “su niña estaba tan grande y ella estaba tan orgullosa de que ya se convirtiera en una mujer valiente y fuerte”.

Mientras me abrazaba con fuerza, me susurró en el oído:

-Estoy segura que serás mucho mejor que cualquiera allí. Todas las chicas te envidiarán por ser la mejor y ningún chico se resistirá a ti.

Me mordí la lengua; no quería decepcionarla.

Me dirigí a la puerta, e intenté abrirla, forcejeando con la manija. A pesar de que no dejaba de tironear, la maldita puerta no quería abrirse. Después de unos tirones, salí disparada hacia atrás. Ian me miraba y miraba a la puerta, confundido. Cuando al fin comprendió que el idiota había logrado lanzarme al piso, largó una sonora carcajada.

-También me alegro de verte, Ian.-resoplé, levantándome del suelo.

-Siempre es un honor verte tirada por ahí.-sonrió y me ofreció una mano, la cual rechacé. Le di la espalda y tomé mi baúl.- Buenos días, Savannah. Traje una tarta que envía mi madre, ¿dónde puedo dejarla?

Ian y Savannah desaparecieron en la cocina, momento que aproveché para correr hacia mi habitación y buscar en los papeles de la mesa de luz la cadenita. No estaba. Respiré entrecortadamente. De verdad quería llevarla. ¿Dónde se había metido?

Revolví la habitación, hasta que con suspiro recordé haberla guardado en uno de los bolsillos de mi pantalón. En efecto, allí estaba. Bajé las escaleras, aliviada. No quedaba nadie dentro de la casa, así que salí al exterior, donde el cielo encapotado cubría la ciudad.

Mi tío, André, estaba al volante del viejo coche de color negro. Papá metía mi baúl en uno de los asientos traseros, mientras que Ian observaba el cielo con mirada pensativa.

-¿Ya salimos? Porque el cielo está a punto de estallar.-dijo Ian abriendo una de las puertas del coche.-Ven, Megs, viajas en el asiento de atrás.

-¡Ya voy!

Papá se acercó y me abrazó por unos pocos segundos. Ya nos habíamos despedido antes y no tenía ganas de hacer una escena, así que me aparté con rapidez y me metí en el coche. Desde la ventana, observé como las primeras gotas comenzaban a caer y a mojar a Savannah y a mi padre. Ambos me saludaban desde la puerta de casa.

Agité la mano mientras el coche se ponía en marcha y me hice una promesa a mí misma: haría que ellos estuvieran orgullosos de mí.
 
 
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Mel♥

26 de julio de 2013

¡Capítulo 1! Abnegados

Sí, lo que acabas de leer: ¡el primer capítulo de Abnegados!

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Capítulo 1



 
La dura y fría carta había estado en mis manos desde que había llegado, un día atrás. El sobre, de un amarillo pálido, no dejaba de observarme con odio y suficiencia, como si supiera que no lo quería abrir y volver a leer lo que decía. Me negaba a ver ese asqueroso futuro oscuro que me esperaba.

Mamá ya había pasado por esto, y había tenido que pagar un terrible precio por ello. Si estuviese aquí, conmigo, intentaría evitarlo a toda costa.

Sin embargo, estaba en mi sangre. No podía escapar ni elegir. Simplemente era así, un hecho imposible de ocultar. Siempre pensé que estaría preparada para afrontar todo lo que se avecinaba sobre mí, pero ahora, con esta horrible carta en mi poder, no estaba del todo segura.

Mi prima mayor, June, había ingresado a la Instituto de Preparación  hacía un año, luego de haber pasado con mérito la prueba. De hecho, toda mi familia lo había hecho, y aquí estaba yo, para arruinarlo todo. En fin, el caso es que yo solía recibir cartas suyas diariamente durante su primera semana allí, pero pronto las cartas comenzaron a faltar, hasta abandonarme completamente. Aún guardaba las siete cartas de la primera semana de June, todas cuidadosamente metidas en una lata, debajo de mi cama.

La primera, metida en un precioso sobre hecho por la misma June, me daba tan mala espina que solía evitarla:

“Querida Megary:

El instituto es hermoso por dentro. Tiene diseños antiguos, enormes cuadros y esculturas, ¡parece un castillo!; estoy segura de que te encantaría estar aquí. Hoy hemos llegado en el tren y nos han dado una charla de bienvenida. ¿Sabes que está prohibido comer chocolate aquí? Al parecer trae problemas para leer la mente y todo eso. Creo que será una tortura para mí.

Nunca había visto una directora tan espantosa como esta. Es decir, ¡es horrible! No ha dejado de gritarle a todo el mundo desde que llegamos. Aunque los profesores parecen buenos en su mayoría… ¡A que no sabes! Aprenderé a meterme dentro de la mente de la gente. Siempre quise hacerlo, pero mamá aseguraba que era peligroso. ¡Ahora no va a poder detenerme!

También aprenderé esgrima, combate cuerpo a cuerpo y envenenamiento (suena horripilante, lo sé). Dos años más y comenzaremos a usar todo lo aprendido. Ya me entiendes, iremos en cubierto por las calles siguiendo a cualquiera que nos sea asignado.   ¡Estoy tan ansiosa!

 Tengo dos compañeras de habitación. Son… ¿interesantes? Una de ellas, Cassidy, ha estado mirando por la ventana y sonriendo desde que llegó, algo que está empezando a asustarme.                      

Me llama el deber, ¡tengo que irme!

Te extraño mucho y espero una respuesta pronto.

Con mucho amor,

June.”

Esgrima, leer la mente, combate cuerpo a cuerpo, ¡¿envenenamiento?! Y… ¡¿sin chocolate?! Nunca había logrado hacerme una clara idea de cómo sería el Instituto. Parecía más bien un lugar de adiestramiento para un ejército.

 Pero es mi deber. Tal como el de los panaderos es hacer pan, el de los abnegados es entrenarse para proteger a todo aquel de puesto importante o poderoso, o simplemente a alguien totalmente indefenso. Evitar que otros se entrometan en su camino.

Ahora que la carta estaba frente a mí, todo comenzaba a cobrar forma y el coraje disminuía a medida que la miraba más y más. Hasta que una mano regordeta me la arrebató de las manos.

 -Deja de torturarte, Megary.-dijo Savannah con mirada reprobatoria.- Mirando la carta de esa manera no lograrás desintegrarla, ¿sabes? ¿Por qué no empiezas a empacar? No dejes todo para el último día.

 Ocultó la cara entre mi cabello oscuro.

-Es mañana por la noche-me quejé. Estaba totalmente cómoda allí y no me apetecía enfrentarme al comienzo de lo que me esperaba.

-Precisamente eso digo.-finalizó la mujer mayor, intentando con gran esfuerzo levantarme de la mecedora.-Vamos, pequeña. Te ayudo con la ropa.

 Antes de salir de la habitación, miré por encima del hombro y, mirándola con odio, le saqué la lengua a la carta que yacía en la mecedora. Sola, parecía un trozo de papel sin vida. Aunque bien sabía que era mucho más que eso.

 Unos minutos después, mi niñera, entusiasmada, y yo, de mala gana, metíamos cosas al viejo baúl de mamá. Este era de color verde bosque y tenía pintado un delicado colibrí azul en una de las esquinas.

 -Savannah… ¿crees que haya guerra pronto?-pregunté sin dejar de tironear de una bufanda. Las guerras en mi ciudad eran tan comunes como la lluvia.- Tal vez por eso nos enviaron nuestras cartas antes de lo esperado.

-Pero por favor, Megary. ¿De dónde sacas tantas estupideces? Es solo una nueva ley.-masculló sin dejar de doblar ropa.

Parecía ser una mujer brusca, pero sabía más que nadie que Savannah podía llegar a ser una de las mejores mujeres en el planeta. Era tan dulce, tan comprensiva y agradable, que era imposible no quererla. Había llegado a mi vida el mismo día en que nací. Mis padres la contrataron ya que yo era su primera hija y estaban ocupados la mayor parte del tiempo. Desde entonces, Savannah cumplió su función de niñera a la perfección.

 Cuando  había cumplido doce años, y mamá había muerto, allí estuvo Savannah para consolarme a mí y a papá. Dos años después, había vivido suplicándole a su papá para que mi amada niñera continuara trabajando en la casa, aunque ya tuviera catorce años.

 Yo solo necesitaba de esa abuela que nunca había tenido y de una madre sobreprotectora que no volvería a tener.

 -Es extraño que cambie de un día a otro, ¿no crees?-continué. Enarqué una ceja y miré a Savannah con extrañeza. Necesitaba arrebatarle algo. - ¿Una invasión? ¿O tal vez un ataque sorpresa de Hillary?

La mujer suspiró con fuerza, rindiéndose a seguir contestando. Rodó los ojos, de color azul, y dejó transcurrir el tiempo en silencio. Hasta que lo rompió, con un tono de duda implantado en la voz.

Me miró con dureza, algo que nunca había hecho, y tomó mis manos, apretándolas con fuerza.

-No se lo comentes a su padre, pero es muy probable que algo esté a punto de ocurrir.-susurró con ojos alarmados.- Mucha gente lo ha comentado. Quieren algo.

Se escucharon truenos en el exterior.

-¿Qué cosa? ¿Qué es lo que quieren?

Un relámpago iluminó la habitación.

Savannah pegó un saltito y se apresuró a dirigirse a la puerta, dejándome con la duda en los ojos.

-Iré a preparar una sopa para tu padre. Llegará en menos de una hora y apuesto a que estará cansado y hambriento.-se excusó. Cerró la pesada puerta de un golpe, dejándome parada, sola en el medio de mi habitación.

No era la gran cosa. Un sencillo cuarto de cuatro paredes celestes, con pequeñas fotografías esparcidas sin orden alguno y algún que otro cuadro. La cama, de sábanas azules, se encontraba al lado de un pequeño tocador de madera. Lo gracioso era que no tenía ni un potecito de maquillaje, solo había varios libros desparramados y cuadernos abiertos, unos encima de otros.

Detrás de la puerta había un espejo de cuerpo completo, donde llegué a ver parte de mi reflejo. Parecía simplemente otra de las tantas chicas destrozadas de la ciudad, aunque había algo más. ¿La mirada desafiante? ¿Mi actitud agresiva? Era morocha, de cabello ondulado, ojos café, de mirada curiosa. No tenía figura escultural, ni la altura de una modelo. Era esa cosa y punto.

¿De verdad me iba a convertir en una abnegada? Parecía solo una niña. ¿El Instituto me iba a convertir en una persona más dura y valiente? No creía que eso pudiese ser posible.

Parece que falta por lo menos un siglo para que algo cambie en mí, pensé mirándome con una mueca. Tal vez me concedan la oportunidad de proteger un pajarito. O ni siquiera eso. No sirvo para esto.

Eso era algo que no había dejado de repetirme en los últimos días. Inútil, inútil Megary.

Tomé la lata de las cartas y dejé la tapa sobre la almohada. Busqué una de las primeras cartas de June y conseguí hacerme con la de su segundo día de estadía allí.

“Megary:

Las clases son A-L-U-S-C-I-N-A-N-T-E-S.

Sí, son durísimas, creo que moriré de tanto entrenar y me ahogaré en el mar de tarea, pero estoy segura de que comencé bastante bien. Ay, ¡pero por favor! ¿¡Qué diablos hago contándote esto!? ¡Está lleno de chicos guapos! Lo admitiré, no hay ni una chica que no ande babeando por los pasillos. Aunque, a decir verdad, me asombra lo arrogante y fría  que es la gente de por aquí… Hasta mis adorables compañeras de habitación no han dejado de presumir sus talentos secretos (los cuales yo carezco), y, ¡madre mía! Deberías ver como todos luchan. Es admirable.

Cassidy, mi querida “amiguita” que comparte cuarto conmigo, necesita de mi ayuda para su trabajo sobre apariciones.

Debo irme antes de que me tire otro vaso de agua fría.

¡Te quiero, Megs!

La esplendorosa y magnífica,

June.

P.D.: Siento mucho que la carta sea muy carta. Hoy me aseguraré de…”

 

Las últimas palabras estaban borroneadas con una mancha de algo líquido. Al parecer Cassidy había tenido muy poca paciencia.

Eso de gente fría y arrogante me daba tanta mala espina como el “deberías ver como todos luchan”. Papá me había dado algunas clases de lo más básico de defensa personal, pero eso era todo lo que sabía. Estaba unos cuantos niveles más abajo que el resto de los abnegados que darían la prueba de ingreso dentro de casi un día.

¿Y si no…? No, tenía que sacar esa idea de mi cabeza ya mismo. Siendo hija de mis padres, no podía desaprobar la prueba de admisión. Era algo inusual, podría decir que un abnegado entre cincuenta la desaprobaba.

No quiero ser la excepción. No, no, ¡no quiero!

Otro relámpago.





 


 
 

25 de julio de 2013

Un poco más de esta cosa

Esta cosa soy yo, solo para aclarar ;)

Traigo dos cositas!! Una es el "prólogo" (o, como lo llamo yo: cuatro-oraciones-cursis-que-no-dicen-nada-y-que-solo-entiendes-si-lees-la-historia) de mi novelita "Abnegados".
 
Prólogo
Debes creerte capaz de renunciar a todo por la persona a quien proteges.
Dejar que te arrebaten todo. Y quedarte sin nada.
Ese es el duro y frío precio de ser un abnegado.


 
UOOOOOO ¡TACHÁN! Eso fue todo el prólogo/cuatro-oraciones-cursis-que-no-dicen-nada-y-que-solo-entiendes-si-lees-la-historia. Así que si estás en este blog, si, ahí enfrente de tu pantalla, sentado en una silla dura, y, te gustó el prólogo: ¡COMENTA! Te estaré vigilando. ¡No!¡No te vayas!¡Era broma, era broma!
En fiiiiiiiiiiin, el Capítulo 1 estará aquí... naaaah, mentira, no doy fechas ;) Pero habrá otras cositas rondando por el blog♥ Y... no te olvides, ¡comenta!
Lo otro que traía era un poco más de mi persona :D Solo son algunas cosas básicas al estilo de color favorito :P Empecemosss: soy pelirroja, tengo ojos celestes y soy muuuuy alta (algo que detesto). Voy a clases de patín artístico, amo el invierno y amaría ver nevar, pero en Argentina nunca nieva y no viajo mucho (ojalá pudiese).
Para terminar, solo quiero decirles que podría vivir de la escritura (y del helado) y de millones y millones de libros.
 
 
 
Con esto termino hoy ;)
 
Un sándwich de besos
Melanie